Mostrando entradas con la etiqueta La República de las Tres Islas.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La República de las Tres Islas.. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de agosto de 2010

La República de las Tres Islas, Cap. VII

INDICE:

Capítulo I.
Caítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.
Capítulo V
Capítulo VI.

VII

¿Y entonces?- Pensó- ¿Qué hago acá? ¿Para que sirve todo esto?- Y por un momento el parlamento, las votaciones, los partidos, los acuerdos, todo ese mundo que lo rodeaba, no le pareció más que la simple –y decadente- fachada que ocultaba los despiadados y feroces intereses que dominaban la existencia de los hombres. La voraz necesidad de las riquezas y los egos. Su mundo se le reveló como una máscara hipócrita que todos necesitaban, un discurso al que todos apelaban para defender sus ansías de riqueza, sus desvaríos ideológicos y sus sueños de poder. A final de cuentas, parecía ser que todo no era más que un eterno discurrir de palabras, un discurrir altanero y falaz que celaba la verdad de los actos de cada cual. La palabra era como una cortina de humo, una niebla densa que ocultaba en su seno el interés y toda su inmundicia, siempre sostenido por el poder y sus relaciones, relaciones cambiantes como los caprichos de un niño, que un momento te ponían en el centro del mundo y al siguiente te lanzaban por la borda. Como un niño, caprichoso como un niño. Así era el poder. Siempre yendo y viniendo. Nunca en las manos de nadie, o no realmente al menos, sino que siempre en medio de una red de caprichos, de una red de relaciones, de miradas, de amores y de odios, de deseos y temores. Estaba siempre en un movimiento constante, y las instituciones, el parlamento, el senado, el rey, no eran más que parte de esa cortina de humo, no eran más que una parte de esa fachada inmunda que con tanta claridad veía ahora.

Pensaba en esta gran farsa, cuando unos pasos furtivos en su despacho lo sacaron de sus pensamientos. A esa hora el parlamento estaba ya vacío, y en sus largos pasillos no dominaba más que el silencio.

Aún más sorprendido quedó al ver recortarse en las penumbras una silueta que inmediatamente le resulto familiar. Y cuando la silueta habló, saludándolo, de la sorpresa pasó a la alegría.

-Buenos noches, Nuspano. ¿Qué pensamientos te consumen en está oscuridad? Reconoció la voz de inmediato. Era su primo Navedo Ganoví, a quien nadie había visto por más de diez años.

Desde siempre, Navedo había sido el miembro más cercano de su familia, y con el tiempo, se había transformado en una suerte de hermano mayor. Había sido él quién lo iniciara en la política y quién le inculcara las ideas del grupo. Lo introdujo en el movimiento y lo apadrinó por años. Sin embargo, con el tiempo, fue distanciándose de la línea oficial de Gadaré, quien a pesar de su caída, se obstinaba en continuar postulando una vía parlamentaria. Él en cambio, siempre quizo estar un paso más adelante. Y así lo recordaba, polémico, confrontacional, con una inteligencia clara y precisa. Extrañamente lograba al mismo tiempo ser un soñador con un aire de poeta y una persona práctica y precisa. Quizás por eso mismo, solía pensar, terminó por sentirse limitado y encerrado en los límites de la polítca del partido, pasando con el tiempo del entusiasmo a la frustación y terminando a final de cuentas, por dimitir. Había puesto sus esperanzas directamente en la gente del pueblo. Abandonó la casa familiar para ir a vivir entre los pescadores, los pastores, los campesinos. Algunos lo siguieron y otros se sumaron con el tiempo. Organizó huelgas y movimientos, y al final, postuló la idea de que sólo el pueblo actuando por sí mismo lograría algún cambio real. No encontró nunca partidarios demasiado numerosos. Y un día, o una noche, simplemente desapareció en la nada, luego de que ciertos rumores lo ligarán a la muerte de un coronel que había reprimido sangrientamente una marcha de campesinos que avanzaba hacia Gnalacama, la capital de Dodora. A pesar de que las voces nunca fueron confirmadas, no habí vuelto a saber de él, hasta que su silueta se recortó entre las sombras del despacho.

Cuando finalmente logró salir del estupor, Nuspano corrió haciá él y lo abrazó. Y al abrazarlo sintió que nada era tan grave, que nada era tan complejo. Se sintió tremendamente aliviado. Su primo había elegido el mejor momento para reaparecer en su vida. Sí alguien en el mundo lo conocía bien, ese era él. Sólo Navedo, pensó, podía orientarlo y ayudarlo a tomar una decisión.

-Navedo, no sabes que alegría siento de verte nuevamente. Pero dime ¿Dónde has estado todo este tiempo?

- ¿Qué donde he estado? ¿Aún no te habías dado cuenta?- respondió él. Y luego, mirándolo directamente a los ojos: -Preparando este momento primo. Eso he estado haciendo.- Dijo con determinación y apuntando al suelo con el dedo índice.

Nuspano se quedó observándolo boquiabierto, sin saber bien que decir.

-Nada de esto es casual primo. Yo y mis hombres llevamos años conspirando. Y ahora por fin el momento ha llegado.

- ¿El momento para qué?

- Para tomar el poder Nuspano. Basta de arrastrarnos y mendigar en los salones decadentes de la nobleza, pidiendo favores, predicando como monjes y soñando como niños. Para lograr nuestros objetivos necesitamos usar la fuerza y por la fuerza tomaremos el poder y con el poder forjaremos un mundo nuevo. Un mundo justo.

Lo observaba hablar sumido en la perplejidad. El fondo de su discurso era el mismo de siempre. La justicia, el pueblo. Pero su modo de hablar era distinto. Antes de desvanecerse en la nada hablaba también de ideales y de sueños, pero como si fueran una realidad lejanísima, intocable. Y al hacerlo sus ojos se llenaban de emoción, un ardor especial cruzaba su mirada, su voz poseía un timbre especial, embriagador. Ahora en cambio, hablaba de tomar el poder como un médico que receta un tratamiento duro, pero inevitable. Sus palabras no se dejaban ya transportar por la pasión. En su mirada y su voz habían ahora autoridad, deterrminación, fuerza y sangre fría. Su discurso era claro, preciso y al mismo tiempo enormemente fascinante. Era el discurso de alguién que sabía perfectamente lo que quería, y lo que debía hacer para conseguirlo.

- ¿Pero tomar el poder? ¿Crees que sería una solución?

- No, no es "una" solución, es "LA" solución. ¿Acaso no te has dado cuenta? Por eso estoy aquí. Porque sé que tú ya lo sabes. Sé que te has dado cuenta que este cementerio que llaman parlamento no sirve para nada. Y que con las migajas del poder que acá podemos conseguir, jamás daremos un paso adelante. Sé que ya te has dado cuenta que es inútil continuar esperando que nuestros enemigos decidan renunciar a sus privilegios. Estoy aquí porque se que ya has visto a través de la ilusión. Se que has visto la fachada inmunda de este Estado corrupto y podrido. ¿Es así primo o me equivoco?

En efecto, así era, pensó. Como todos aquel día, su primo había entrado por la puerta de su despacho diciendole lo que debía hacer. Pero sólo él le hablaba en un lenguaje que compartía. Y parecía tener razón. ¿Era posible que esta nobleza autocomplaciente fuera capaz de ceder algún milímetro de sus privilegios? ¿Era acaso el momento de la fuerza? Había sin duda algo de seductor en las palabras de Navedo, algo en su retórica que lo atraía, era quizás la presencia de una respuesta clara y precisa. Pero había al mismo tiempo, algo inquietante, que no era capaz aún de individuar. ¿Pero y el plan de Gadaré? ¿Debía dar crédito tan fácilmente a las palabras del duque De Pegnopis? ¿Era posible, que Gadaré, con toda su experiencia y sabiduría se dejará engañar tan burdamente por el coronel?

-Pero Gadaré tiene su propio plan Navedo. Estuvo aquí y me dijo que debíamos apoyar a los republicanos y que ellos votarían luego a favor del voto universal.

-¿Y tú crees realmente que ese plan puede funcionar?

-No dudo de que los republicanos intentarán traicionarnos, y que es un acuerdo extraño, o demasiado frágil en el mejor de los casos, pero sé también que el viejo no se embarcaría en esa aventura sino tuviera eso ya calculado, si no supiera ya que hacer para el momento en que intenten darnos la espalda.

-¿Pero de verdad crees todavía en el viejo? Escucha, te lo explico así. Hace ya años que el viejo renunció a todo y se transformó en una simple serpiente venenosa que intenta inyectar su veneno donde pueda. Pero como con todas las serpientes, basta mantenerla alejada y aprender a controlarla. Ahora no es más que un sumiso animal, una serpiente sin dientes, que no asusta ni preocupaba a nadie, que ya todos han a domado, pero que aún recuerda como mostrarse amenazadora de vez en cuando. Y por eso le permiten seguir dando vueltas por ahí, porque todos le hacen creer que sus palabras tienen un peso, que sus cálculos políticos son geniales, que nadie puede con él, pero así también lo mantienen tranquilo, porque todos saben que no pasará nunca de las palabras, porque saben que si llegará a morder, su ataque sería inofensivo. Y eso en el fondo, él lo sabe, y es lo que lo vuelve patético. Se conformó con saber erizarse, con jugar al juego de la vieja y astuta serpiente, que todo sabe y todo comprende, para así poder ignorar su fracaso y su renuncia a los valores y los ideales que hacían de él nuestro líder. No Nuspano. Nada de lo que él pueda decir es una opción, porque es un ídolo caído, por que se traicionó a sí mismo, porque nos tracionó.

-Pero, pero... ¿de verdad piensas eso?

- Y tú ¿de verdad crees todavía en él?

-Sí, la verdad sí.

-Entonces escuhame. El viejo no sólo es la serpiente desdentada y patética que acabo de describir. Sino que te ha vendido. A cambio de unas cuantas monedas vendió tu voto al coronel y su banda de traficantes, porque estaba completamente seguro de conseguirlo. Y eso lo sé de buena fuente. Tengo un espía en el corazón de los republicanos.

Nuspano miraba fijamente al muro. Era como si su primo no estuviera ahí. Veía la fachada inmunda y el asqueroso tráfico que ocultaba. Estaba en la mierda. En el centro de un mundo de mierda. Un mundo que bien merecía ser destruido, destrozado, barrido por el viento, reducido a escombros. ¿Pero era posible? ¿Era posible tomar el poder y con él crear un mundo nuevo? ¿Acaso no había apenas descubierto que el poder era como un niño?

-Y dime Navedo ¿Qué demonios significa tomarse el poder?

- ¿Cómo qué significa? Tomarse el poder es tomarse el poder. Disolver el congreso por la fuerza, arrestar al rey y nombrar nuevas autoridades que gobiernen el país, y esas nuevas autoridades serán el nuevo poder, y serán ella quienes construyan el mundo nuevo que desde hace ya demasiado tiempo soñamos.

-No, no es posible. El poder no es sólo el parlamento, no es sólo el rey. Está en todos lados. Ocuparás el Estado sólo para darte cuenta que deberás seguir luchando, en todas partes, para mantener ese efímero poder que tus nuevas autoridades conquistarán.

-No importa. Estamos preparados. Y si hay que seguir luchando, entonces seguiremos luchando. Los aplastaremos, como aplastaremos toda oposición aquí en Bálnica. Nuestra revolución no fallará. Pero para que triunfe necesitamos tu voto.

-¿Qué tiene que ver mi voto?

-Apoyando la guerra, el gobierno llamará a los armadas locales a acuartalarse en la ciudad, para prestar juramento de persona al rey. Y esa será nuestro momento. Gran parte de los regimientos de Dodara y varios de los de Eojt se encuentran contralados por nuestros hombres. Y en los regimientos de Bálnica tenemos agentes prontos a tomar el lugar de sus oficiales para dirigir la revuelta. Una vez estén todos acá, en la capital, se sublevarán y ocuparán los centros estretégicos, unidades entrenadas especialmente arrestaran al rey y a los senadores. En un día el poder pasará a nuestras manos.

-Hablas como si nadie fuera oponorse. Los dos sabemos que no será así. Será una masacre.

-La cantidad de muertos variará a partir de la eficacia del efecto sorpresa y de la resistencia que encontremos. Mientras más brutal sea el golpe al inicio, menos serán aquellos que quieren oponerse a nuestra fuerza luego. La violencia es necesaria, es la fuerza creadora de nuestro nuevo mundo, será nuestra violencia la que acabe con todas las violencias.

-Ni el rey ni los senadores se dejarán arrestar. Son demasiado orgullosos.

-Lo sabemos. 'Arrestar' es en el fondo un término técnico. Lo que quiero decir es que serán ajusticados. No dejaremos con vida a posibles líderes de la opsición. Si la primera vez golpeamos con la suficiente fuerza, no necesitaremos golpear una segunda vez.


El sonido del puño de la mano derecha de Navedo al golpear la palma de su otra mano, resonó potente en toda la habitación. Y de pronto Nuspano pudo verlo todo con claridad. La corrupción, el ego, la opulenta decadencia de sus enemigos, la arrogante sed de riqueza, la ciega ira que empuña la venganza como un arma envenedada e invencible, lo vio todo, vio el mundo entero a su alrededor que se desmoronaba. Una realidad que caía a pedazos, y la sangre que corría como un río por entre sus grietas. Vio el centro de las tinieblas. Y sintió miedo. Y repulsión.

-No primo. No seré cómplice de esta masacre.

-No debes tener escrúpulos, no puedes permitírtelo. Si queremos sepultar esta sociedad que nos repugna, no podemos darnos el lujo de tener escrúpulos o de probar piedad por el enemigo. Quien quiera escribir la historia, debe estar dispuesto a derramar la sangre. Derramarla y dejarla correr. No hoy otro modo.

-La sangre llama a la sangre. ¿Cómo reconocerás el momento en que podrás dejar de derramarla?

-Lo sabremos, pero lo importante no es eso. Lo importante es que el momento ha llegado y que la causa del pueblo llama a sus hijos mejores.

-No, ya te lo dije. No seré cómplice de esta masacre.

-¿Nos abandonas?

-No, no abandono a nadie, simplemente renuncio.

-¿Renunciar? ¿A qué?

-A todo.

-No, Nuspano, no. Estás desvariando. Pero te entiendo. Está ha sido una jornada agotadora, más que cualquier otra en tu vida probablemente, y te entiendo. Pero sabes que no puedes renunciar. Porque sabes que renunciar equivale a traicionarme, y tú nunca, lo sé, podrías traicionarme. Pero tranquilo, te entiendo, aún hay tiempo. Mañana temprano pasaré de nuevo para que ultimemos los detalles. Tranquilo, la victoria será nuestra.

viernes, 11 de junio de 2010

La República de las Tres Islas, CAP. VI

La República de las Tres Islas, Capitulo VI

Indice:







Acababa de prender una vela, cuando sintió pasos un tanto torpes pero apresurados en el antedespacho. Terminó de sorprenderse cuando vio precipitarse por su puerta, visiblemente agitado, a Gadaré Untié.

Su cara estaba roja, respiraba con dificultad y sus ojos expresaban un extrañísimo fulgor, como si estuvieran presos, de alguna forma, por el éxtasis y el frenesí. Percibió al mismo tiempo también, gritos en la lejanía, correrías por los pasillos, era como si de improviso, la actividad del congreso, que se adormecía, hubiera despertado de golpe. Algo sucedía. Algo grave.

-¡Nuspano! Nuspano!- Gritó el anciano. Mientras se acomodaba en una silla. –No sabes lo que ha pasado –prosiguió, apoyándose una mano en el corazón, intentando recobrar la calma. El joven en tanto, lo observaba atónito, esperando una respuesta.

-Mataron a Ránmoncoo, ese gusano traidor que cambió su voto a última hora… ¿te das cuenta?

Nuspano se derrumbo sobre su propia poltrona, cubriéndose la cara con la palma de sus manos.

-No puede ser… el baño de sangre… pero tan pronto… ya comenzó- balbuceó con un hilo de voz, reviviendo en su mente las imágenes de su reciente pesadilla.

Gadaré, que en realidad no le prestaba demasiada atención, prosiguió con su discurso preso del entusiasmo.

-¿Pero no te das cuenta? Ahora los bandos están una vez más empatados. Podemos reemprender las negociaciones, es más, según los rumores más atendibles el duque de Pegnopis firmará esta misma noche un decreto para aplazar la elección en tres días. Con ese margen de tiempo, podremos conseguir más votos y asegurar nuestra entrada en la guerra, y si no los conseguimos por las buenas, entonces los compraremos, tenemos también el tiempo ahora para conseguir más fondos. Mañana mismo, a primera hora, te traeré un listado de personas con las cuales debes por fuerza entrevistarte. No, no, es mejor reunirnos nosotros primero y analizarlos en detalle, todos tienen intereses distintos, será necesario ofrecerles distintas garantías, pero créeme hijito, puede hacerse.

Nuspano no pudo no sentir una cierta incomodidad ante el apelativo de hijito, con el que una vez más lo llamaba el líder del partido. Algo no cuadraba para él.

-Pero… no lo sé… ¿no es usted tal vez el que no se da cuenta? Acaban de matar a alguien, alguien a quien los dos conocemos y parece no importarle…

-Sí, sí, claro que me importa, pero no es lo relevante ahora…

-¿Y que es lo relevante entonces? Estamos hablando de una vida que acaba de perderse…

-Que podemos seguir negociando, eso es lo importante. No es el momento de mirar a los detalles… sí, es una vida, pero una de tantas, muchas más se perderán, la historia es así, se escribe con sangre…

-No estoy de acuerdo-

-Está bien, está bien hijito, te noto demasiado turbado y cansado. Es mejor que hablemos mañana en la mañana.

Desde su sillón, alumbrado por la tenue luz de la vela, observó como se perdía tras la puerta.

Algo extraño le sucedía. Sintió del todo ajenas las palabras del anciano. Era como si la última pieza de un rompecabezas se hubiera roto en mil pedazos y el rompecabezas no sirviera ya siquiera de adorno. O haciendo más bien que el único sentido posible al que pudiera aspirar fuera uno capaz de asumir esa mutilación, esa falta de lo esencial. La ausencia de esa parte que transforma el resto de las partes en una sola totalidad.

El baño de sangre comenzaba y a nadie parecía importarle. Era como si la ética hubiera quedado suspendida. O supeditada a la política. Al poder. Ni siquiera el anciano Gadaré, a quien había admirado durante toda su vida, podía percibir esa línea que se estaba cruzando.

El mundo estaba deslizándose lentamente hacía un abismo donde reinaría la violencia, y al parecer todos se empeñaban en darle pequeños e imperceptibles empujones. Cada desprendimiento, cada resquebrajamiento de eso que Nuspano entendía como ética o como moral, cada soborno, cada mentira, cada desprecio por la vida, aceleraba ese deslizamiento inexorable.

Y el poder volvía a sus manos. Ese extraño poder de decisión… ese poder que había sido casi perceptible y que se había desvanecido en la nada sólo unos momentos atrás. ¿Pero existía realmente tal poder? Si es que existía se diluía, se escurría entre sus dedos, se esfumaba entre la retórica, las presiones y sobretodo en el verdadero resultado que su decisión acarrearía. Apoyar a los republicanos, era abrir conscientemente las puertas a una jauría de lobos hambrientos y ávidos de riquezas, que prometían, sin demasiadas garantías, la realización de la lucha de décadas de su partido… un paso atrás para dar dos hacia delante, había dicho el viejo, un cálculo, un frío cálculo, ¿pero ese paso atrás valdría la pena? ¿No serían tal vez cien pasos hacía atrás? Apoyar a los conservadores en tanto, no era evitar la carnicería, era sólo aplazarla, era por otra parte, doblegar sus ideales, entrar en el mundo de la riqueza y la ostentación… Parecía entender la opción de Untié. Al fin y al cabo, los republicanos les daban la opción de seguir creyendo que actuaban en consecuencia con sus principios, todo podía justificarse, diciendo que era en pos de la utopía. Y entonces: ¿un poder para decidir qué? Si a final de cuentas era todo como un callejón sin salida. Si es que había un poder, se desgarraba entre todas las posiciones adoptables y todos los resultados posibles, como la neblina barrida por el viento.

miércoles, 7 de abril de 2010

La República de las Tres Islas, CAP. V, Vivir Arrojado, CAP. II

Le doy una pausa a mipoesía para retomar la narrativa. Prosigue La República de las Tres Islas (quien se adentre por primera vez en esta historia debería acceder al primer capítulo a través del índice que se encuentra a la derecha del blog, o de las entradas al final de cada post), ¿qué decidirá finalmente Nuspano?

Termina también aquí el relato breve Vivir Arrojado, quien deba comenzarlo desde el inicio, encontrará el enlace en el índice del blog.

¡Comenten y critiquen!


Capítulo V, La República de las Tres Islas.

V

El rumor incesante en los pasillos y el patio resonaba extraño dentro del silencio. Era como si llegará desde el más allá, desde otra dimensión, desde un mundo extraño, desde un mundo que a Nuspano se le revelaba minuto tras minuto como una realidad completamente ajena.

Su rostro se escondía tras sus manos, sus codos se apoyaban en el escritorio. Lejos, el sol se escondía tras el horizonte y la figura solitaria del senador de la provincia de Dodara se perdía entre las tinieblas que comenzaban a envolverlo.

Del cajón de su escritorio extrajo papel, una pluma y tinta. De algún modo debía ordenar sus ideas. O por lo menos darle una salida a la angustia que se revolvía en su estómago, que trepaba por su garganta.

Por un lado, el mundo parecía estar al borde de la barbarie. La guerra llama a la guerra y así la sangre correría y correría.

Un baño de sangre.

Lo escribió con grande y bella caligrafía, ocupando una hoja completa.

Un baño de sangre, pensó para sus adentros, meditabundo

Por otro lado, el mismo había llegado al extremo de una crisis personal. Había acariciado por unos momentos la sensación del poder. Se ilusionó, cuando ya estaba más allá de toda esperanza, con que algo de poder había ido a dar a sus manos, y que ahora podría torcer el rumbo de los acontecimientos, influir de modo tal que su paso por el senado tuviera algún sentido, pero se había engañado una vez más.

El día que había comenzado su mandato, el día en que ocupó el mismo despacho en el cual estaba ahora, pensó que entraba a participar del poder que ordenaba el mundo, que el poder estaba de algún modo encarnado en la institución misma, en el edificio, en el congreso, pero aquello no tardó en revelarse como una ilusión. La ilusión de los marginados, de los que viven en la periferia, en los rincones olvidados del mundo. Amargamente pudo comprobar que si en la venerada institución del parlamento residía algún poder, él no era participe. De ningún modo. No tardo en percibir como las decisiones no eran tomadas ahí, y como no eran ni el cargo que se ocupaba, ni su voto los que determinaban el verdadero uso del poder. No tardó en observar como sólo los que poseían poder fuera del parlamento, lo tenían también dentro, no tardó en ver como residía en la persona, y no en la institución, no era en las leyes, o en el cargo que se ocupaba, lo que fundaba la personal cuota de poder.

Y ahora el mundo marchaba hacia un baño de sangre. Y se volvía a preguntar que había pasado con ese efímero poder que había pasado por sus manos. La relación de fuerzas había cambiado en un cierto momento y se vio a sí mismo con la facultad de decidir. El cambio producido en el orden, los senadores que votaron contra su propio partido, otros que anularon o que no obedecieron las órdenes, lo habían desplazado del margen al centro. Había sido, por una tarde, la vedette estrella del congreso, con la que todos quieren estar. Y ahora estaba de nuevo inmóvil, impotente, con el mismo poder que su secretario, o tal vez menos.

¿Dónde esté el poder?

Lo escribió justo debajo de la frase anterior, en caracteres más pequeños.

El secretario se asomó para avisar que se retiraba.

Afuera era ya noche cerrada, pero la actividad, aunque disminuida, continuaba.

Evitar el baño de sangre. Al menos, a pesar de todo, le quedaba esa convicción. Pensó en Gadaré. Incluso el estaba dispuesto a enviar a su gente al matadero. ¿Por qué? Y sobretodo, ¿por qué el mismo se había dejado convencer tan fácilmente? El voto universal era sin duda el gran ideal del movimiento, ¿pero valía la pena conseguirlo a ese precio? ¿Podrían continuar afirmando los mismos valores luego de la masacre? ¿Podrían acercarse al ideal con las manos manchadas? ¿Era realmente capaz el anciano Gadaré, de renunciar a todo con tal de conseguirlo?

La figura de Nuspano cobraba un aire tétrico entre las penumbras que lo envolvían. Envuelto en sus meditaciones olvidó prender alguna vela, dejándose envolver por las sombras. Se sentía profundamente cansado. Agotado por las discusiones y las emociones de la jornada. Sus párpados tendían a cerrarse. De fuera llegaba el sonido de pasos apresurados por el corredor, del patio ascendía el rumor de las conversaciones como un murmullo que lo arrullaba. De improviso, la habitación le pareció un poco más oscura, como invadida por una oscuridad impenetrable. Los sonidos cesaron. Nuspano se vio aprisionado en el más profundo silencio y en la más absoluta oscuridad y un cierto temor recorrió su espalda, como una gota de sudor frío.

Alzo la vista y de pronto fue como si en una de las paredes las penumbras desaparecieran, mostrando tras de sí la imagen del cuadro con los pescadores y sus esposas.

Ahí estaban una vez más los hombres empujando el bote por la arena, y las mujeres esperándolos. Pero de pronto, el cuadro pareció oscurecerse en ciertos sectores, era como si un líquido oscuro cayera sobre él, deslizándose lentamente hacia abajo, cubriendo los cuerpos de los personajes, manchando la arena de la playa.

Se levantó. Se acercó con pasos dubitativos. El líquido escurría ya por la pared. Sus dedos lo tocaron, explorándolo. Era una sustancia relativamente espesa y viscosa. Apoyó sus manos en el cuadro, para limpiarlo, no quería ver esos personajes que tanto amaba en el fondo de su alma, ocultos, manchados. Y de pronto la luz volvió, y se vio las manos rojas. Completamente rojas. Manchadas con sangre. Y vio el cuadro, cubierto de sangre, y la pared ensangrentada y la sangre escurría ya por el piso, llegando a sus pies, mientras él observaba atónito sus manos manchadas, manchadas con la sangre del pueblo y gritó y abrió los ojos y se alivió al entender que había sido una pesadilla, sólo una horrible pesadilla.

(Continua)


Vivir Arrojado Cap. II


Retomamos así el relato. Nuestro héroe, tras poner en orden los dañados fragmentos de su memoria y tras empujar hacia su garganta las últimas gotas del elixir que lo ha devuelto a la vida consciente, logra poner en movimiento su cuerpo y encaminarse hacia la casa con sus amigos. Y es ahí recibido como un mártir. Su mejor amigo deja de lado la cerveza que tenía en la mano y toma un rotulador negro y esgrimiéndolo sobre su abdomen lo conmina a someterse a una ceremonia chamánico-iniciática que nadie entendía bien. Una tras otros caen todos bajo el poder transmutador del rotulador y la cerveza, cristalizado en un tatuaje abdominal.


Un vaso medio lleno cae de la mesa y se quiebra


-El tiempo parece detenerse- dice en cierto momento uno de sus amigos, o más bien no detenerse, no es que al mirar el reloj éste ya no marque el paso de los segundos y los minutos, intenta seguir explicando, pero su fugaz idea se confunde ya con otras palabras que se le escapan, nuestro héroe en tanto, escucha tan sensata expresión sentado entre unas matas de boldo, regocijándose en su aroma, hasta que se para y se mete en la conversa. Habla rápido, como escupiendo palabras, no Liliput, no, no es eso, no es que el tiempo halla parado, sino que nosotros nos salimos del tiempo, es como si para nosotros el tiempo ya no tuviera sentido. El Güaren habla entusiasmado también entonces, sí exclama, es como si estuviéramos en el país de los juguetes, con extrañeza es observado por sus amigos y aclara, el país de los juguetes es donde el tiempo de la producción queda suspendido y por lo tanto el tiempo lineal deja de tener sentido, agrega que lo leyó en un texto de la universidad pero que su memoria tratada de modo tan inmisericorde en los últimos días, es incapaz de entregar demasiados detalles, pero agrega que por ejemplo, en el país de los juguetes todos los días es domingo, y que se puede jugar eternamente, así, ensimismados en las dimensiones filosóficas en que la desenfrenada pachanga que ha envuelto sus existencias se ha precipitado, deciden ir a comprar más pilsen.


Nuestro protagonista sale junto al Güaren con envases de cerveza en mano hacia la boti de la vuelta de la esquina. Un perro le ladra a la entrada, y su amigo saca registro del recorrido con su cámara digital. Espera afuera. El Güaren sale con cuatro cervecitas heladas. El cielo se tiñe de crepúsculo, el sol comienza su deslizamiento final hacia el horizonte. El Perro vuelve a ladrar. El Güaren observa el nacimiento del ocaso, en su mirada se lee la consternación, no te preocupí’ le dice su amigo agarrando dos de las chelas, el tiempo ya no nos toca, estamos fuera, navegamos en un espacio en el que el resto del mundo ha perdido importancia, estamos arrojados en medio de la existencia. El otro lo mira como asintiéndole con la mirada y le dice: ¿abramos una al tiro?


Adentro de la casa el resto de los juerguistas preparan un joincito, nuestro protagonista encuentra buena la idea de los pitos y se pone a hacer otro, la cerveza corre entre todos. Mientras observa con un dejo de melancolía la mar a través de la ventana, habla de la niña de la noche, habla de lo triste que es estar solo y de otras nostalgias que parecían olvidadas, pero uno de sus amigo le dice que hay otro carrete esa noche, y que ahí iba a estar la mina que se había agarrado.

Nuestro amigo se entusiasma y baja con los demás a la playa a tomarse un resto de pisco que les había sobrado de la noche anterior. Ahí se encuentran con unas amigas que más rato van también al carrete. Envueltos en la penumbra de la noche y en el constante romper del mar frente a ellos, se fuman unos pitos, se toman el pisco, las cervezas y conversan del carrete, alguien cuenta un par de chistes y otro intenta sin demasiado éxito hacerse el lindo con las niñas.


Un gato se acerca ronroneando.


La manada entra en movimiento, las estrellas danzan sobre sus cabezas, sus pies pisan caminos de tierra, sus manos esgrimen botellas semi vacías, sus ojos miran un lugar indeterminado del presente o del futuro, las pocas luces del alumbrado público parpadean a su paso, avanzan hacia la noche y sus figuras se desdibujan en la oscuridad. Gritan y ríen.

Se adentran en los pasajes laberínticos del balneario, cantan, conversan, hablan sobre estos últimos días, cada paso los aleja del mundo y los acerca hacia algo que no saben bien lo que es, pero que pese a eso no dejan de añorar. A lo lejos, risas. A la distancia una melodía que los envuelve y completa el espacio entre ellos, es la música de la noche, de la pachanga y de la fiesta, es el tiempo fuera del tiempo, la entrada a las brumas del sueño.


No claudicar, no denegar del frenesí, así podríamos describir la irrupción de nuestra manada en la fiesta de la noche. Un torrente de arrogante despreocupación invadiendo los recovecos de las conversaciones, los cruces de las miradas y los grupos de amigos.


Entre gritos e ingesta no muy controlada de vino o piscola, nuestros entrañables protagonistas se dispersan en la pachanga. Así, entre pasos y diálogos furtivos, nuestro protagonista distingue entre cuerpos indistintos, a su chica de la noche anterior. A pesar de sus acercamientos acechantes y silenciosos, a pesar de su intención de enmascararse entre la espesura, sus intenciones parecen demasiado obvias, la niña con un par de miradas y secas respuestas a sus tímidos y evidentes acercamientos, da a entender con toda claridad que el desliz de la noche anterior no volverá a suceder. En fin piensa él, nada es perfecto y se aleja, dejándose tragar por ese estado de suspensión del mundo, desplazándose con seguridad por el momentáneo escenario de la existencia, dejándose mimetizar con la maraña de voces y cuerpos que lo rodean, se deja absorber, a la niña ya podrá buscarla algún día, si es que tiene ganas.


La noche fluye y su fluido tiene un pulso, irrumpir en el país de los juguetes es vivir en ese pulso, confundirse con el paso de las horas, desteñirse en su contorno sin que se diluya la alegría. Es lo que en esos momentos sienten y hacen, entregados al discurrir de los minutos, al golpear de los acontecimientos, como entre una niebla fosforescente caminan tambaleantes, pero sabiendo siempre hacia donde, sin perderse entre los laberintos donde las existencias se consumen.


Entre medio, baile, música, gritar, reir. Conversar, pensar, inventar, reinventar, discurrir y olvidar.


Un perro ladra a lo lejos en la calle.


La luz del día se cuela entre las cortinas semi abiertas del living. Entre ellas, a lo lejos, resplandece el azul del mar. Sobre la mesita de centro, vasos sucios, colillas de pitos, en un sofá el Güaren abre los ojos con su cabeza enterrada entre los cojines. Una figura mira por la ventana. Buena Mono le dice, o eso intenta decir más bien, porque no esta seguro de lo que pronuncia. Se paran juntos un rato mirando por la ventana. Se sientan en silencio. No son del todo capaces de hablar. El resto de la pandilla emerge de entre las habitaciones. Se sientan alrededor de la mesita de centro.


¿Qué es ese mar al fondo en el horizonte? ¿Qué significa ese cielo tan insolentemente celeste?

Se miran entre las fisuras de sus mentes. Las brumas de la noche los rodean aún, se muestran sus tatuajes, pero ya no demasiado eufóricos. Sus cuerpos han conocido el límite, sus mentes, quieren pensar ellos, estuvieron un paso más allá. Bajan silenciosos por la estrecha escalerita que los lleva a la playa. Nadie quiere cocinar, hay que buscar un lugar donde comer. El sol pende inclemente sobre ellos, sus pasos se arrastran, sus bocas murmuran, su marcha es lenta, se cuela entre jirones de realidad. Se detienen ante los titulares de los diarios en el kiosco de la esquina, nuestro héroe acota que perfectamente podría haber pasado una semana sin que ellos se dieran cuenta, o sea si alguien les dijera que era el lunes de la semana que venía, bien podría ser eso cierto. De los titulares no entienden ninguno, tampoco les interesa.


¿Existe entonces un mundo más allá de las calles de tierra de este balneario tercermundista? ¿Existen realmente esas guerras, esos muertos y esos atentados? Y esos rostros tan políticos y sonrientes ¿Existen en la realidad? –Estamos frente al mar y no podemos ver el horizonte- dice el Güaren ¿Qué tienen que ver estas letras impresas con nosotros? ¿Qué tenemos nosotros que ver con todo este mundo? ¿De qué galaxia muy muy lejana vienen estas noticias?


Mientras caminan buscando un lugar donde comer, uno de ellos dice algo así como que sentía que se habían pasado la cultura por la raja, que en tres días habían ignorado todo, porque nada había importado. Que civilización, que dos mil años de historia, que sociedad, durante unos días, continúa otro, nada de eso existió.

En el semáforo un auto frena de golpe.


Entre el celeste del cielo y el azul del mar, las nubes intentaban dibujar alguna forma y sus ojos nadan en un presente sin fin, sus pasos caminan las vías del mundo. Mañana tengo examen dijo nuestro héroe, pero no importaba mucho, después de eso, ya nada importaba demasiado, y eso era liberador.


Vivir arrojado, atisbar el frío del espacio exterior y habitarle temiéndole menos que a la amenaza de los rostros de la tele, parecía cada vez más cuerdo mientras sus pies les arrastraban hacia el alimento.


Deambular, aunque sólo unos días en las inmediaciones de la cultura y atisbar por el rabillo del ojo, en medio del torbellino arrasador de la existencia, el último destello de la vida. Es después que volverán las ocho horas diarias de sueño y la pacificadora tibieza del amor, pero el resplandor desgarrante de la vida, entrevisto por un instante tan sólo, no puede ya desaparecer, es verse en el reflejo y no temer en el momento de la verdad, a unos segundos de felicidad. Luego ya queda tan sólo abandonar la cima del mundo y pedir una merluza con agregado.


El mozo grita la orden hacia la cocina.


martes, 9 de febrero de 2010

Capítulo IV: La República de las Tres Islas.

IV

Por un instante, luego que el coronel saliera, su despacho le pareció inmenso. Caminar de su escritorio a la puerta, de la puerta a la ventana, era como atravesar el mundo de un extremo a otro. Cada paso parecía parte de un ritual solemne, cada respiración parecía encerrar el peso del universo, era como si el secreto de la existencia flotara como anillos de humo a su alrededor, era como estar apunto de aferrar algo inconmensurable, trascendental y efímero, brutalmente efímero.

Observaba el cielo de la habitación cómodamente derrumbado en su poltrona, sin poder reprimir una ligera sonrisa que afloraba en su rostro. De improviso, su puerta volvió a abrirse y por ella se asomó la cabeza de su secretario.

-Señor, su excelencia el duque de Pegnopis, solicita una entrevista con usted.

Nuspano cayó abruptamente de sus ensoñaciones. El duque era no sólo una de las figuras más importantes del Partido Conservador, sino que un noble de altísimo nivel, pariente cercano del rey y en otros tiempos había sido elegido incluso como presidente del senado. Jamás habría esperado recibir a tan importante figura en su despacho y la verdad no sabía muy bien como tratarlo.

Antes de que diera una respuesta, un anciano envuelto en finos trajes adornados con hermosas joyas, entró en la habitación. Caminó hacia la silla frente al escritorio de Nuspano, apoyado en su bastón y con un andar y un semblante que mostraban un total desprecio frente a todo lo que le rodeaba.

-Dígame… su excelencia, en que lo puedo ayudar- atinó finalmente a decir.

-No quiero entretenerme demasiado en este lugar, por lo que seré preciso y conciso –afirmó mientras tomaba asiento-. Usted y yo tenemos un objetivo común. No queremos entrar en esta guerra. Luego de que muera la primera víctima, ya nadie sabrá que es lo que pueda suceder. Así que hábleme con claridad y dígame en que modo podemos ponernos de acuerdo.

Nuspano no pudo evitar una expresión de goce luego de explicarle que no tenía ninguna intención de llegar a algún tipo de acuerdo con él. El viejo a su vez, no pudo contener la rabia que le causaba el desdeñoso tratamiento que se le estaba concediendo.

-¡Como osa! ¡Como osa tratarme de este modo! Reconozco que somos enemigos políticos, pero esto no le da derecho a desdeñar mi alta condición nobiliaria. ¿Acaso no entiende el altísimo honor que se le ha concedido al ser yo, el duque de Pegnopis, uno de los nobles más importantes de Eojt, el enviado a negociar con usted? Y usted desdeña, desprecia sin más esta oportunidad. Sin duda, usted no entiende las infinitas posibilidades que se abren a su carrera al tener la posibilidad de poder tratar con una eminencia de mi nivel. Privilegios, un mundo de privilegios ¿entiende lo que es eso?

-Me temo, señor duque, que hablamos distintos lenguajes. Porque si no estoy dispuesto a entrar en tratativas con usted, es precisamente por eso, porque lo que buscamos es que en este país desaparezcan para siempre esos privilegios de los que usted me habla.

De improviso, Nuspano se encontró con la fría mirada del duque, que lo escudriñaba sin pudor ni piedad. Por un instante se sintió invadido en sus pensamientos más íntimos, y los ojos fríos y llenos de determinación del anciano no dejaron de inspirarle un cierto temor. Pero repentinamente, el viejo se echó a reír. A carcajadas. Echando su cabeza hacia atrás e incluso sujetándose la barriga con las manos. Luego, un poco más calmado y secándose las lágrimas de risa con el dorso de la mano, habló, aún sin haber controlado del todo su ataque de hilaridad.

-Oh, que divertido… discúlpeme, pero es que hacia tanto tiempo que no conocía una persona tan abiertamente idiota como usted. ¡Ay la juventud! Ja, ja. Me parece que lo sobrestime, porque sin duda con su retórica melosa y obvia el coronel Toespan logró convencerlo de votar a favor de la guerra. Ay… que obvio que es todo. Y yo que pensaba que estaba frente a un nuevo talento político y me encuentro con otro tonto idealista más. En fin, todo esto significa que su abstención no fue un cálculo y que el coronel sin duda, le ofreció el apoyo de su partido para esa aberración del voto universal. Oh, que divertido… me imaginé que lo harían, pero nunca pensé que alguien podría creer en palabras tan estruendosamente falsas. Ese coronel, siempre he creído que erró de profesión, porque su verdadero talento es sin duda el teatro. ¿Me equivoco joven, o le hizo creer que estaba dispuesto a apoyarlo porque pensaba como usted? No me diga nada, el estupor de su mirada me lo dice todo. Escúcheme bien, porque yo no suelo repetir las cosas. Yo no soy como ese coronel, por el contrario, como ve, yo voy de frente y digo las cosas como me parecen, y el modo en que me parecen que son las cosas, suele ser el modo en que son en realidad. Yo no le hablaré con palabras melosas ni lo lisonjearé. Es más, lo hago conscientemente conocedor del desprecio que los tipejos como usted me provocan. Porque en política, tipos como usted son peligrosos. Este no es un espacio de sueños ni de ideales. Gobernar un país requiere perseverancia, determinación y sangre fría. Y ustedes carecen de todo eso, porque están dispuestos a todo con tal de no sacrificar sus altos ideales. Pero las utopías son precisamente eso, utopías, lugares tan inalcanzables como inexistentes. Sentido práctico joven, eso es lo que se requiere para hacer bien este trabajo. En fin, seré directo. No le crea a ese bribón de Toespan, nada de lo que dice es verdad. Jamás conseguirá un real apoyo para esa estupidez que planean, tampoco le interesa hacerlo, sólo le hará creer que lo está haciendo. Simplemente no cumplirá con su promesa. Esos cerdos republicanos son así. Son una manada de hijos de putas que no conocen ni la decencia ni la honestidad. Que han ultrajado una y otra vez todos los códigos de honor que alguna vez le dieron dignidad a esto que ahora no es mucho más que un burdel, o un circo, en el mejor de los casos. Pero yo no, yo creo que es necesaria la confianza y la transparencia. Por eso seré directo. Si nos apoya usted ganará no sólo riquezas, sino que poder e influencia. Le ofrezco aproximarse a la verdadera élite de este país. Le ofrezco dejar de lado su vida miserable y abrir las puertas de la verdadera sociedad, esa que cuenta, claro está.

Las carcajadas y el discurso del duque, no sólo desmoronaron el castillo de ideas y sueños que Nuspano acababa de construirse, sino que hundieron el dedo en su yaga más profunda, llegando hasta el fondo de su angustia: la inutilidad. Desde que había comenzado su mandato, solía sentirse atado de pies y manos, incapacitado para lograr alguno de los cambios con los que había fantaseado antes de instalarse en la oficina que ahora ocupaba. Y la causa de esa ineficiencia, solía pasar de atribuírsela al desfavorable contexto político en que se encontraba, a su propia ausencia de capacidad. Sus momentos más tristes se manifestaban cuando más que atado, se sentía inútil y culpable por no lograr algún resultado concreto.

No sabía si el duque tenía razón o no, no podía estar seguro de si los republicanos lo traicionarían o no, al fin y al cabo el hecho de que el anciano Gadaré apoyara las negociaciones con ellos era una gran garantía. Tal vez él pudiera ser engañado por un discurso lisonjero, pero el anciano jamás. No sabía si valía la pena o no entrar a una guerra si el objetivo por el cual la buscaban era del todo inalcanzable, no sabía si confiar o no en los cálculos políticos de Gadaré Untié, de lo único que estaba seguro, era que la propuesta del duque lo asqueaba, que lo que menos le interesaba en el mundo era entrar en ese añejo y decadente mundo de privilegios, de banquetes, sonrisas hipócritas y suaves golpeteos de complacencia en la espalda. En el mar de ambigüedad en el que se sentía ahogar, podía solamente aferrarse a esa convicción para no hundirse.

-No, ya se lo dije –su voz era algo más fuerte que un murmullo- sus privilegios y riquezas no me interesan…

-¡Oh Dios mío! Pero que paciencia hay que tener con ustedes. En el fondo deseas evitar esta guerra tanto como yo. Los dos sabemos que una vez derramada la primera gota de sangre nadie puede saber a ciencia cierta lo que vendrá después. Mejor dejemos que los otros se hagan pedazos entre ellos mientras nosotros nos fortalecemos… ya podremos cosechar luego los frutos de la paciencia, ahora esforcémonos por mantener la paz al interior, ya podremos mirar hacia afuera una vez hallan dejado de despedazarse entre sí y entonces si que valdrá la pena, te lo aseguro, pero por ahora seamos aliados en mantener la paz, nos traerá suculentos dividendos a ambos.

Nuspano observó no sin cierta repulsión como el anciano se frotaba las manos al terminar su discurso. En su mente se formó la imagen del viejo hurgando entre un campo de cadáveres, encorvado, con el rostro deformado por la avidez, con las manos como garras, garras hábiles que intruseaban entre los cuerpos inertes. Reprimió una mueca de repugnancia. A final de cuentas, si alguna certeza podía quedarle, era el desprecio y el asco que el viejo y su mundo le provocaban.

Sí, aún tenía algo a que aferrarse.

-¿Cómo cuervos?- respondió al fin- ¿Quiere reducir el país a una especie de gigantesca ave carroñera? ¿Eso es la dignidad de la nación para usted? No, no me interesa. Ni usted, ni sus riquezas, ni nada. Es cierto, podemos hablar de la paz, pero bajo otros términos. Usted no desconoce ni mis ideales ni los objetivos de mi partido. Solo sobre eso podremos llegar a un acuerdo.

El duque de Pegnopis lo observó con ojos atentos y algo sorprendidos. Sentía que la presa estaba a punto de escapársele. Las cosas siempre se complicaban un poco cuando no lograba derrumbar moralmente a sus contendores. Le sorprendía que luego de su último discurso Nuspano hubiese logrado encontrar algo a que asirse para seguir negociando. Se mostró más fuerte de lo que pensaba. Sin duda no podría ya conseguir la victoria absoluta que buscaba, llegados a este punto, en algo tendría que ceder.

-Muy bien joven. Me sorprende su retórica. Se ve que no podemos conseguir su voto sin alguna concesión. Pero recuerde que la elección es mañana, no tengo demasiado tiempo para lograr acuerdos, pero puedo ofrecerle, a pesar de esto, y con bastante seguridad, una reducción parcial de impuesto para los campesinos de Dodara…

Las palabras del anciano se vieron interrumpidas por una breve discusión en la antesala del despacho. Al parecer, el secretario intentaba infructuosamente impedir la entrada de alguien en la oficina. Finalmente la puerta se abrió de golpe y un joven entró agitado en la habitación.

-Señor Duque- dijo con una reverencia. Traigo un mensaje urgente.

El joven se le acercó, luego de que el duque le hiciera un leve gesto, y una vez a su lado acercó los labios a su oído. Nuspano pudo observar como el semblante del anciano pasaba de la preocupación, con el ceño fruncido y los labios apretados, a una expresión más relajada y jovial. Al terminar el mensaje, el duque hizo un gesto con la mano y el mensajero se retiro rápidamente. Luego se levantó y habló sin mirar a Nuspano, recobrando totalmente el aire de desprecio con el cual había ingresado momentos atrás.

-Me comunican que hemos conseguido inesperadamente un nuevo voto. Con esto, mi presencia en este lugar se vuelve del todo innecesaria.

Y dándole la espalda a su ex interlocutor, abandonó con prontitud la habitación, dejándola sumida en el silencio y la desolación.

martes, 5 de enero de 2010

Capítulo III: La República de las Tres Islas.

III

Gadaré y Rodsó se cruzaron en el umbral de la puerta. Los ojos del segundo buscaron el rostro del primero, quien levantó de improviso la mirada. Se examinaron mutuamente durante un segundo y luego, el rostro de Gadaré se movió ligeramente hacia abajo, como realizando una sutil afirmación. El republicano se hizo a un lado y lo dejó pasar. Vestía un impecable uniforme militar y una elegante capa azul que llegaba casi al suelo. Se acomodó con rapidez frente a Nuspano de Daroschen. Cruzó una de sus piernas sobre la rodilla de la otra y las puntas de sus dedos se encontraron sobre su regazo.

Nuspano quiso disfrutar de su pequeño momento. Durante años había debido soportar miradas de desdén y una silenciosa indiferencia de tipos como él.



-Y bien mi estimado coronel, ¿qué se siente tener que rebajarse a pedir el socorro de alguien a quien desprecia?


El coronel se mantuvo impasible.


-El destino a veces es irónico ¿no? Durante años se nos han opuesto como enemigos, han despreciado y ridiculizado nuestras ideas y ahora lo tengo aquí, obligado a negociar conmigo.


-Creo, mi estimado señor de Daroschen- comenzó a hablar el coronel con diplomacia-que se equivoca conmigo. Nunca, y póngame atención, ¡nunca! he yo menospreciado ni sus ideas ni las de nadie más. La política es así simplemente. A veces, pone en trincheras opuestas a personas como nosotros, que quizás bajo otras condiciones podrían haber mantenido relaciones de muy diverso tipo y porque no decirlo, tal vez estrechar profundos e íntimos lazos de amistad. Porque le digo mi amigo, y déjeme que le llame así, amigo, que usted y yo nos parecemos mucho más de lo que cree.


-Yo no lo creo ¿En que podríamos parecernos usted y yo?


-¿Pero no somos acaso los dos hombres políticos? ¿No estamos los dos aquí acaso, porque creemos que a través de nuestro trabajo podemos hacer del mundo un lugar mejor? Sí, somos los dos soñadores e idealistas y esto, déjeme que se lo diga, nos hace más que amigos, nos hace hermanos.


Por unos instantes, Nuspano pensó que había juzgado mal al coronel, pero desalojó rápidamente aquella idea de entre sus pensamientos.


-Déjeme que le diga, mi amigo –respondió entonces, no sin cierta sorna en su voz- que el único sueño suyo y de los de su clase es el oro. El oro y nada más que el oro. Bueno, tal vez también la plata… y porque no decirlo, los diamantes y la seda.


El coronel sacudió pesadamente la cabeza.


-Que mal que me comprende usted mi estimado señor. Usted habla de los metales y las joyas como si fuera eso el único objetivo de mi vida, y déjeme decirle que se equivoca. Nuestro objetivo no ha sido nunca otro que el de ver resurgir a nuestra amada República de las Tres Islas, devolverle toda su gloria y todo su poder. Las riquezas materiales querido amigo mío, son sólo un medio para nuestro fin, y nuestro fin no es otro que devolver la prosperidad a todo los súbditos, incluidos nuestros vasallos.


Nuspano intentó hablar, las palabras se le atragantaban y no podía ni quería contenerlas, pero Toespan le hizo un gesto con la mano, como pidiéndole tiempo para continuar.


-Se equivocan por cierto, todos los que dicen que no pensamos en el pueblo llano, se equivocan rotundamente, pues ellos han estado siempre en el centro de nuestros pensamientos. Por eso le decía que usted y yo nos parecemos mucho más de lo que podría imaginar. Hasta ahora la política nos había dividido a nosotros, a todos quienes creemos que los vasallos, los campesinos y mineros, los pescadores y los pastores, merecen mucho más de lo que tienen. Cuantas veces no he deseado abrazarlo al escucharlo hablar en algún debate. Déjeme que le diga, que cada vez que se dirigía a este senado de momias, con sus palabras llenas de pasión e ideales, yo lo he admirado, y he lamentado profundamente estas frías y anticuadas leyes no escritas de la política que me impedían acercármele y darle ese abrazo fraterno de apoyo que tanto necesita –el coronel parecía estar llegando al climax de su discurso. Nuspano lo observaba sorprendido, jamás hubiera imaginado que un hombre como él albergara tales pensamientos- porque yo, al igual que usted, creo que en esta nación que amo hay una injusticia fundamental, una deuda con nuestro pueblo que no hemos saldado, y es esta la oportunidad de hacerlo. Y créame, que no soy el único al interior de mi partido que desea dirigirle a usted palabras de este mismo tipo. Qué dice entonces mi amigo ¿Cree que podemos lograr algún acuerdo?


Le costó unos instantes a Nuspano salir del profundo asombre que el discurso del coronel le había producido. Al inicio no pudo tomarlo en serio, pero en esta última parte, al verlo agitar los brazos y levantar las manos al cielo –como poniéndolo de testigos de sus palabras- y observar sus ojos llenos de pasión, no pudo no creerle y estaba casi del todo convencido que alguien que mentía concientemente no era capaz de hablar de tal modo y que por ende el coronel, al igual que él, era un incomprendido, un hombre aislado que por lealtad a su casta y su partido había debido callar hasta ese momento sus verdaderas convicciones.


-No sé bien que decirle… nunca me hubiera esperado este discurso de parte suya- logró balbucear al fin.


-No se preocupe. Basta que se comprometa a trabajar conmigo. Es necesario poner orden en mi partido también. Hay quienes se oponen categóricamente a todo acuerdo con ustedes y que prefieren votar por la paz, hay también otros que esperan conseguir la mayoría por otros medios. Déme hasta mañana al mediodía y lograré atraerlos hacia nuestro bando.


Recobrando un poco la compostura, Daroschen tomó aliento para hacer la pregunta que de verdad le interesaba.


-Todas sus palabras han sido bellas, coronel, pero dígame, ¿Qué tan lejos quiere llegar usted?


-¿A que se refiere?


-Me refiero al verdadero objetivo. Nosotros tampoco nos conformaremos con poco. Su discurso ha sido elocuente y me ha convencido de su sinceridad, pero dígame ¿pretende usted apoyarnos en nuestra meta de conseguir el voto universal?


-¡Oh!… esas son sin duda palabras mayores, pero es una meta que vale la pena intentar alcanzar. Yo, mi querido amigo, lo apoyo, de todo corazón, pero le advierto que nos enfrentamos a muchos intereses mezquinos, que no vacilarán en exigir algo a su vez, ya que nuestro meta es altísima y su costo será equivalente. Habrá que negociar. Pero en la medida en que usted se comprometa a darnos su voto, a apoyar esta guerra que nos devolverá toda nuestra antigua gloria, le aseguro que todo es posible. Dígame, sin tapujos ¿puedo contar con su voto?


-Por cierto que sí, pero sólo en la medida en que ustedes apoyen el voto universal.


-Bien dicho, me gustan los hombres decididos, con objetivos claros como usted. Deje lo otro en mis manos.



lunes, 14 de diciembre de 2009

Capítulo II: La República de las Tres Islas.

II

Tal era la situación –al menos a grandes rasgos- cuando Nuspano de Daroschen, senador de la provincia de Gaobudouné, entró por las gruesas puertas de madera de su despacho. Atravesó con grandes zancadas los metros que lo separaban del gran ventanal que se hallaba tras su escritorio y haciendo a un lado la cortina, observó como las hojas secas caían suavemente desde las copas de los árboles. Llevó su mano derecha hacia el mentón, dejando que la punta de sus dedos se hundiera en el corazón de su barba. Cerró unos instantes los ojos e intentó reflexionar sobre el aluvión de acontecimientos que a partir de ese momento se desencadenarían sobre él. Pensó en la votación que acaba de concluir e intentó –por supuesto- mesurar en que medida el futuro de la nación estaba en sus manos. Apretó su mentón con fuerza y fue un poco más allá, pensó en que medida el futuro del mundo era el que reposaba ahora en sus manos. Se dejó caer en su cómoda poltrona. La paz era, en ese momento, como un malabarista apunto de caer por la cuerda floja, con un vasto público, expectante y atento al momento en el cual se precipitaría hacia el vacío. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de subir también al palco, de ser parte de los acontecimientos, el destino no estaba ya librado a su propia fuerza. Sentía, en el fondo, que por fin en sus manos tenía poder real y que podía de alguna manera moldear el devenir de los acontecimientos.

El hecho era que para aprobar la entrada en la guerra, se necesitaba una mayoría absoluta. Sin embargo, todos sabían que tal resultado era imposible, por lo que previo a la votación se tomó el acuerdo –de caballeros por cierto- que de no lograrse tal resultado, la votación tendría un vencedor aunque la diferencia fuera de un solo voto, para impedir así que las votaciones se sucedieran hasta el infinito. Se decidió así mismo, que la votación fuera a mano alzada, visible a todos. El hecho era que él, junto a otros dos senadores, habían anulado su voto, dejando la situación empantanada en un incomodísimo empate.

Apretó con fuerza el puño. Poder. Desde ese momento, todos estarían obligados a negociar con él, y él podría imponer condiciones. Podía decidir a su antojo. Por un instante dejó que su mirada divagara extasiada por los rincones de su despacho, luego la dirigió hacia el exterior. Más allá de los centenarios árboles del patio con sus hojas amarillentas de otoño, más allá de los muros del palacio senatorial, más allá de los techos y sus palomas, de los muros mismos de la ciudad, estaban los montes, al otro lado de los montes estaban las regiones costeras, el mar y el continente. El mundo. Su pensamiento se extendió hacia esas lejanas regiones. Imaginó escenas cotidianas. Una madre amantando un hijo. Un pastor guardando a sus ovejas en el corral. Un comerciante ofreciendo su mercadería. Todo eso podía cambiar de un momento a otro. Acabar para siempre, quedar anegado bajo la ola de la guerra, o mantenerse tal cual, inmutable en el tiempo. El futuro del mundo se decidiría en la próxima votación.

Pensó en su siempre postergada y olvidada provincia. No era más que una región recóndita en la isla de Dodara, a su vez la menos importante, a pesar de la historia, de las tres islas. No era rica, en lo absoluto. El hierro con el cual se habían forjado las armas con las que se peleó en la guerra de liberación se había prácticamente agotado. Y los mineros se transformaron en pescadores. La tierra no era especialmente fértil y la geografía abrupta no era por cierto una ayuda ni para la agricultura ni para el pastoreo. Y si por alguna casualidad un año traía consigo la suerte de una buena cosecha, el grano excedente solía perderse bajo la forma de impuestos. Y aunque en principio los Daroschen se habían opuesta a la república, ya que la sentían como una amenaza a su condición de familia noble, con el tiempo ellos mismos se empobrecieron, y con el divagar de los años se sintieron cada vez más distantes del mundo de la nobleza, y extrañamente, comenzaron a sentirse más cercanos a sus vasallos, aún más pobres que ellos. Fue así que los Daroschen se transformaron en los primeros en promover reformas a favor del pueblo llano tales como bajas de impuestos y la entrega de recursos o de tierras. Con el tiempo, nobles empobrecidos de otras provincias comenzaron a simpatizar con tales ideas, hasta llegar a formar un pequeño partido político, o más bien un movimiento ideológico, conocido como el "Grupo de los Iguales", que muy pocas veces había logrado llegar al parlamento. Nuspano era de hecho el único representante en ese momento. Sin embargo, era tomado en cuenta tan poco como su provincia.

Apoyó sus codos sobre el escritorio y juntó la punta de los dedos frente a su rostro, reflexionando. Era un tanto extraño que aún nadie hubiera pedido audiencia con él. Probablemente están negociando con los otros primero, pensó. Si algún bando conseguía ambos votos el asunto estaba acabado, y tal vez ya había sucedido. Se levantó para volver a mirar por la ventana. El patio rebosaba ahora de actividad. Pequeños grupos de conversación repartidos acá y allá. Senadores o funcionarios que atravesaban con apresurados y nerviosos pasos de un lugar a otro. Quizás los ganadores comentaban con regocijo como habían logrado seducir esos dos votos esquivos. Cerró los ojos y golpeó el muro con un puño. Sintió como su fervor se transformaba rápidamente en frustración, volvía a sentirse ahogado en ese mar de impotencia que lo anegaba desde que se había transformado en senador. Luego abrió los ojos y alzó la mirada hacia un gran cuadro que ocupaba casi totalmente una de las paredes laterales de la habitación. Era una escena típica de su tierra, los pescadores volviendo de la mar, arrastrando los botes por la arena, y las mujeres más al interior, sentadas alrededor de una gran fogata, preparando café en ollas ennegrecidas y manteniendo el pan caliente envuelto en trapos, escondidos entre las cenizas. Las nubes oscuras presagiaban tormenta, y los mantos de lana de las mujeres eran sacudidos por el viento. Pensó en los largos años en que esa escena llevaba repitiéndose. Pensó en la dureza de la vida y en lo cerca que estaba de poder hacerla un poco mejor. Miró por la ventana nuevamente, el patio parecía un hormiguero en plena ebullición y se dejó invadir un instante más por la esperanza. Tanto nerviosismo sólo podía significar que aún no se lograban acuerdos.

¿Qué era lo que debía hacer? Había anulado, no por un frío cálculo político, sino más bien como un modo de afirmar su independencia. Era una forma de decir que sus problemas no eran los suyos, pero sobretodo porque creía que la votación había sido decidida con anticipación. Pasara lo que pasara, -afirmó cuando fue su turno de hablar- su provincia y sus vasallos seguirían olvidados en su rincón, el más pobre, el más lejano, el peor. Sin embargo, si es que era él ahora, quien tenía el poder para decidir, –se dijo a sí mismo con vehemencia- entonces no habría guerra. No arrojaría una catástrofe más sobre su gente.

Estaba volviendo a sentarse cuando el secretario golpeó su puerta. -Señor Daroschen –dijo- El señor Gadaré Untié desea entrevistarse con usted.

Un hombre ya adentrado en la ancianidad ingresó en el despacho. Sus ropas eran el vestigio de una antigua elegancia, largos cabellos grises crecidos en desorden llegaban casi a la altura de sus hombros y una tan frondosa como hirsuta barba adornaba su rostro. Avanzó con paso decido hasta quedar frente al senador y luego, mirándole fijamente, habló con autoridad: -Falta sólo tu voto. Los otros dos ya se han pronunciado y el empate se mantiene. ¿Qué piensas hacer Nuspano?

Gadaré Untié era el líder del Grupo de los Iguales. Al igual que los Daroschen, su provincia de origen era una zona empobrecida. Los fértiles valles que alguna vez la poblaron habían quedado arruinados tras la guerra, ya que cuando el general del reino de Sorisftet se vio obligado a escapar hacia el continente, ordenó quemar todos los campos cultivables y luego cubrirlos de sal, condenando desde ese momento a toda la región a una mera economía de subsistencia. El credo de los Untié se volvió igualitario con la misma velocidad con la que su antiguo esplendor se hundía en la pobreza. Sin embargo, fue sólo en el momento en que Gadaré consiguió entrar al senado, 40 años antes, que terminó de perderlo todo.

Durante su período intentó promover la idea de un voto universal. Un hombre, un voto. Tal era su propuesta: darle derecho a voto al pueblo llano, y con ello la posibilidad también de ser candidatos. Sorpresivamente, su retórica, incendiaria y elocuente, comenzó a traerle partidarios, lo que signó su caída. Fue así que cuando el presidente del senado sufrió un intento de asesinato, Gadaré fue procesado y condenado como culpable, perdiendo no sólo sus escasas tierras, sino que también su título nobiliario. Su caída fue estrepitosa, pero le valió transformarse en el líder político y moral de los Iguales. Su autoridad iba más allá de un cargo o función, era el alma del movimiento, y también su cerebro.

Sobreponiéndose al nerviosismo que la inquisidora mirada del anciano producía siempre en su ánimo, Nuspano afirmó que pensaba entrar en conversaciones con los Conservadores, ya que se oponían también ellos a la entrada en la guerra, se interrumpió rápidamente, al notar como Gadaré sacudía su cabeza.

-Te equivocas. En esta oportunidad deberemos apoyar la guerra- dijo de improviso, con voz decidida y mirándolo con ojos de acero.

-P-p-pero… se supone que nosotros somos pacifistas- intentó responder el otro.

-Y lo somos. Pero a veces para conseguir la verdadera paz, hay que buscar la guerra.

-No entiendo, la guerra sólo serviría para continuar empobreciendo a nuestra gente-

-Escúchame bien hijito –le respondió Gadaré, utilizando la fórmula cariñosa con la cual trataba a sus cercanos- nuestro objetivo final es conseguir una república de pares, donde todos los hombres valgamos lo mismo, donde todos puedan entrar aquí, donde tú mismo estás sentado y poder decidir así sobre lo que es mejor para ellos y sus familias. Una república donde también los humildes que trabajan en los campos, en las minas, en el mar, puedan vivir mejor. Dime ¿es esto así?

-Sí señor, así es… y nadie expresa mejor nuestro sueño que usted.

-Bueno, entonces dime, ¿por qué quieres negociar con los conservadores? ¿Qué quieres pedirle a cambio de tu voto?

-Bueno… pensaba en que podíamos lograr una importante reducción de impuestos o también…- Nuspano no pudo terminar. El anciano golpeó fuertemente la mesa con su puño y apuntándole con el dedo le habló con vehemencia:

-¡Ese es tu problema! No observas desde lo alto, tu mirada llega demasiado cerca. En política debes saber apuntar hacia el futuro, ver la complejidad, la totalidad del problema. No es este el momento de logros mezquinos. El futuro del mundo está en juego y nadie piensa en pequeño. Debemos exigir el voto universal. Después de cuarenta años ha llegado por fin el momento. Si es que no aprovechamos esta oportunidad entonces puedes decirle adiós a tu sueño. Verás pasar tu vida, sin nunca acercarte ni un centímetro a él. Y cree lo que te digo, esa no es una vida agradable.

-P-p-pero cómo… no entiendo cómo podríamos lograrlo.-

-Escúchame bien. Debes negociar con los republicanos. Ellos están dispuestos a todo con tal de ir a la guerra. No importa contra quien, ellos quieren ir. Desean por un lado apoderarse de nuevos puertos para sus familias y comenzar a resurgir como nación de comerciantes y por otro, tienen puestos los ojos en las minas de diamantes de los Cohorspilanos, porque por si no lo sabes, han encontrado un nuevo yacimiento. Así, dominando los puertos del norte de la zona occidental, tendrán el monopolio de los diamantes, y con tal de conseguirlo están dispuestos a todo. Debemos apoyar la guerra apoyando al Partido Republicano, sólo así lograremos nuestro sueño.

-Pero si han sido siempre nuestros enemigos… nunca han dudado en derramar la sangre de los nuestros, siempre se han opuesto a cualquier ínfima mejora que propusiéramos…

-Debes mirar lejos hijo. A veces, para dar dos pasos hacia delante, es necesario dar antes, uno hacia atrás. ¿Me entiendes? Cuando el voto universal sea real y tengamos la verdadera mayoría, la del pueblo, entonces podremos ajustar las cuentas. Créeme.

Por unos instantes se hizo el silencio, Nuspano fijaba la mirada en el vacío, mientras jugaba nerviosamente con una pluma, moviéndola entre sus dedos.

-Creo que tiene razón. Sus palabras son sabias. No podemos desaprovechar esta ocasión, debemos saber utilizar este poder que ha caído en nuestras manos.

-Santas palabras hijito. ¿La votación será mañana no?

-Sí.

-Tenemos tiempo entonces. Debemos atar todos los cabos. Déjalo en mis manos.

El secretario golpeó suavemente la puerta y anunció al coronel Rodsó Toespan.

Acto seguido, el venerable anciano se levantó y casi en un susurro dijo:

-Lo ves, envían a uno de sus peces gordos a hablar con nosotros. Ya sabes cual será nuestra postura.