lunes, 14 de diciembre de 2009

Capítulo II: La República de las Tres Islas.

II

Tal era la situación –al menos a grandes rasgos- cuando Nuspano de Daroschen, senador de la provincia de Gaobudouné, entró por las gruesas puertas de madera de su despacho. Atravesó con grandes zancadas los metros que lo separaban del gran ventanal que se hallaba tras su escritorio y haciendo a un lado la cortina, observó como las hojas secas caían suavemente desde las copas de los árboles. Llevó su mano derecha hacia el mentón, dejando que la punta de sus dedos se hundiera en el corazón de su barba. Cerró unos instantes los ojos e intentó reflexionar sobre el aluvión de acontecimientos que a partir de ese momento se desencadenarían sobre él. Pensó en la votación que acaba de concluir e intentó –por supuesto- mesurar en que medida el futuro de la nación estaba en sus manos. Apretó su mentón con fuerza y fue un poco más allá, pensó en que medida el futuro del mundo era el que reposaba ahora en sus manos. Se dejó caer en su cómoda poltrona. La paz era, en ese momento, como un malabarista apunto de caer por la cuerda floja, con un vasto público, expectante y atento al momento en el cual se precipitaría hacia el vacío. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de subir también al palco, de ser parte de los acontecimientos, el destino no estaba ya librado a su propia fuerza. Sentía, en el fondo, que por fin en sus manos tenía poder real y que podía de alguna manera moldear el devenir de los acontecimientos.

El hecho era que para aprobar la entrada en la guerra, se necesitaba una mayoría absoluta. Sin embargo, todos sabían que tal resultado era imposible, por lo que previo a la votación se tomó el acuerdo –de caballeros por cierto- que de no lograrse tal resultado, la votación tendría un vencedor aunque la diferencia fuera de un solo voto, para impedir así que las votaciones se sucedieran hasta el infinito. Se decidió así mismo, que la votación fuera a mano alzada, visible a todos. El hecho era que él, junto a otros dos senadores, habían anulado su voto, dejando la situación empantanada en un incomodísimo empate.

Apretó con fuerza el puño. Poder. Desde ese momento, todos estarían obligados a negociar con él, y él podría imponer condiciones. Podía decidir a su antojo. Por un instante dejó que su mirada divagara extasiada por los rincones de su despacho, luego la dirigió hacia el exterior. Más allá de los centenarios árboles del patio con sus hojas amarillentas de otoño, más allá de los muros del palacio senatorial, más allá de los techos y sus palomas, de los muros mismos de la ciudad, estaban los montes, al otro lado de los montes estaban las regiones costeras, el mar y el continente. El mundo. Su pensamiento se extendió hacia esas lejanas regiones. Imaginó escenas cotidianas. Una madre amantando un hijo. Un pastor guardando a sus ovejas en el corral. Un comerciante ofreciendo su mercadería. Todo eso podía cambiar de un momento a otro. Acabar para siempre, quedar anegado bajo la ola de la guerra, o mantenerse tal cual, inmutable en el tiempo. El futuro del mundo se decidiría en la próxima votación.

Pensó en su siempre postergada y olvidada provincia. No era más que una región recóndita en la isla de Dodara, a su vez la menos importante, a pesar de la historia, de las tres islas. No era rica, en lo absoluto. El hierro con el cual se habían forjado las armas con las que se peleó en la guerra de liberación se había prácticamente agotado. Y los mineros se transformaron en pescadores. La tierra no era especialmente fértil y la geografía abrupta no era por cierto una ayuda ni para la agricultura ni para el pastoreo. Y si por alguna casualidad un año traía consigo la suerte de una buena cosecha, el grano excedente solía perderse bajo la forma de impuestos. Y aunque en principio los Daroschen se habían opuesta a la república, ya que la sentían como una amenaza a su condición de familia noble, con el tiempo ellos mismos se empobrecieron, y con el divagar de los años se sintieron cada vez más distantes del mundo de la nobleza, y extrañamente, comenzaron a sentirse más cercanos a sus vasallos, aún más pobres que ellos. Fue así que los Daroschen se transformaron en los primeros en promover reformas a favor del pueblo llano tales como bajas de impuestos y la entrega de recursos o de tierras. Con el tiempo, nobles empobrecidos de otras provincias comenzaron a simpatizar con tales ideas, hasta llegar a formar un pequeño partido político, o más bien un movimiento ideológico, conocido como el "Grupo de los Iguales", que muy pocas veces había logrado llegar al parlamento. Nuspano era de hecho el único representante en ese momento. Sin embargo, era tomado en cuenta tan poco como su provincia.

Apoyó sus codos sobre el escritorio y juntó la punta de los dedos frente a su rostro, reflexionando. Era un tanto extraño que aún nadie hubiera pedido audiencia con él. Probablemente están negociando con los otros primero, pensó. Si algún bando conseguía ambos votos el asunto estaba acabado, y tal vez ya había sucedido. Se levantó para volver a mirar por la ventana. El patio rebosaba ahora de actividad. Pequeños grupos de conversación repartidos acá y allá. Senadores o funcionarios que atravesaban con apresurados y nerviosos pasos de un lugar a otro. Quizás los ganadores comentaban con regocijo como habían logrado seducir esos dos votos esquivos. Cerró los ojos y golpeó el muro con un puño. Sintió como su fervor se transformaba rápidamente en frustración, volvía a sentirse ahogado en ese mar de impotencia que lo anegaba desde que se había transformado en senador. Luego abrió los ojos y alzó la mirada hacia un gran cuadro que ocupaba casi totalmente una de las paredes laterales de la habitación. Era una escena típica de su tierra, los pescadores volviendo de la mar, arrastrando los botes por la arena, y las mujeres más al interior, sentadas alrededor de una gran fogata, preparando café en ollas ennegrecidas y manteniendo el pan caliente envuelto en trapos, escondidos entre las cenizas. Las nubes oscuras presagiaban tormenta, y los mantos de lana de las mujeres eran sacudidos por el viento. Pensó en los largos años en que esa escena llevaba repitiéndose. Pensó en la dureza de la vida y en lo cerca que estaba de poder hacerla un poco mejor. Miró por la ventana nuevamente, el patio parecía un hormiguero en plena ebullición y se dejó invadir un instante más por la esperanza. Tanto nerviosismo sólo podía significar que aún no se lograban acuerdos.

¿Qué era lo que debía hacer? Había anulado, no por un frío cálculo político, sino más bien como un modo de afirmar su independencia. Era una forma de decir que sus problemas no eran los suyos, pero sobretodo porque creía que la votación había sido decidida con anticipación. Pasara lo que pasara, -afirmó cuando fue su turno de hablar- su provincia y sus vasallos seguirían olvidados en su rincón, el más pobre, el más lejano, el peor. Sin embargo, si es que era él ahora, quien tenía el poder para decidir, –se dijo a sí mismo con vehemencia- entonces no habría guerra. No arrojaría una catástrofe más sobre su gente.

Estaba volviendo a sentarse cuando el secretario golpeó su puerta. -Señor Daroschen –dijo- El señor Gadaré Untié desea entrevistarse con usted.

Un hombre ya adentrado en la ancianidad ingresó en el despacho. Sus ropas eran el vestigio de una antigua elegancia, largos cabellos grises crecidos en desorden llegaban casi a la altura de sus hombros y una tan frondosa como hirsuta barba adornaba su rostro. Avanzó con paso decido hasta quedar frente al senador y luego, mirándole fijamente, habló con autoridad: -Falta sólo tu voto. Los otros dos ya se han pronunciado y el empate se mantiene. ¿Qué piensas hacer Nuspano?

Gadaré Untié era el líder del Grupo de los Iguales. Al igual que los Daroschen, su provincia de origen era una zona empobrecida. Los fértiles valles que alguna vez la poblaron habían quedado arruinados tras la guerra, ya que cuando el general del reino de Sorisftet se vio obligado a escapar hacia el continente, ordenó quemar todos los campos cultivables y luego cubrirlos de sal, condenando desde ese momento a toda la región a una mera economía de subsistencia. El credo de los Untié se volvió igualitario con la misma velocidad con la que su antiguo esplendor se hundía en la pobreza. Sin embargo, fue sólo en el momento en que Gadaré consiguió entrar al senado, 40 años antes, que terminó de perderlo todo.

Durante su período intentó promover la idea de un voto universal. Un hombre, un voto. Tal era su propuesta: darle derecho a voto al pueblo llano, y con ello la posibilidad también de ser candidatos. Sorpresivamente, su retórica, incendiaria y elocuente, comenzó a traerle partidarios, lo que signó su caída. Fue así que cuando el presidente del senado sufrió un intento de asesinato, Gadaré fue procesado y condenado como culpable, perdiendo no sólo sus escasas tierras, sino que también su título nobiliario. Su caída fue estrepitosa, pero le valió transformarse en el líder político y moral de los Iguales. Su autoridad iba más allá de un cargo o función, era el alma del movimiento, y también su cerebro.

Sobreponiéndose al nerviosismo que la inquisidora mirada del anciano producía siempre en su ánimo, Nuspano afirmó que pensaba entrar en conversaciones con los Conservadores, ya que se oponían también ellos a la entrada en la guerra, se interrumpió rápidamente, al notar como Gadaré sacudía su cabeza.

-Te equivocas. En esta oportunidad deberemos apoyar la guerra- dijo de improviso, con voz decidida y mirándolo con ojos de acero.

-P-p-pero… se supone que nosotros somos pacifistas- intentó responder el otro.

-Y lo somos. Pero a veces para conseguir la verdadera paz, hay que buscar la guerra.

-No entiendo, la guerra sólo serviría para continuar empobreciendo a nuestra gente-

-Escúchame bien hijito –le respondió Gadaré, utilizando la fórmula cariñosa con la cual trataba a sus cercanos- nuestro objetivo final es conseguir una república de pares, donde todos los hombres valgamos lo mismo, donde todos puedan entrar aquí, donde tú mismo estás sentado y poder decidir así sobre lo que es mejor para ellos y sus familias. Una república donde también los humildes que trabajan en los campos, en las minas, en el mar, puedan vivir mejor. Dime ¿es esto así?

-Sí señor, así es… y nadie expresa mejor nuestro sueño que usted.

-Bueno, entonces dime, ¿por qué quieres negociar con los conservadores? ¿Qué quieres pedirle a cambio de tu voto?

-Bueno… pensaba en que podíamos lograr una importante reducción de impuestos o también…- Nuspano no pudo terminar. El anciano golpeó fuertemente la mesa con su puño y apuntándole con el dedo le habló con vehemencia:

-¡Ese es tu problema! No observas desde lo alto, tu mirada llega demasiado cerca. En política debes saber apuntar hacia el futuro, ver la complejidad, la totalidad del problema. No es este el momento de logros mezquinos. El futuro del mundo está en juego y nadie piensa en pequeño. Debemos exigir el voto universal. Después de cuarenta años ha llegado por fin el momento. Si es que no aprovechamos esta oportunidad entonces puedes decirle adiós a tu sueño. Verás pasar tu vida, sin nunca acercarte ni un centímetro a él. Y cree lo que te digo, esa no es una vida agradable.

-P-p-pero cómo… no entiendo cómo podríamos lograrlo.-

-Escúchame bien. Debes negociar con los republicanos. Ellos están dispuestos a todo con tal de ir a la guerra. No importa contra quien, ellos quieren ir. Desean por un lado apoderarse de nuevos puertos para sus familias y comenzar a resurgir como nación de comerciantes y por otro, tienen puestos los ojos en las minas de diamantes de los Cohorspilanos, porque por si no lo sabes, han encontrado un nuevo yacimiento. Así, dominando los puertos del norte de la zona occidental, tendrán el monopolio de los diamantes, y con tal de conseguirlo están dispuestos a todo. Debemos apoyar la guerra apoyando al Partido Republicano, sólo así lograremos nuestro sueño.

-Pero si han sido siempre nuestros enemigos… nunca han dudado en derramar la sangre de los nuestros, siempre se han opuesto a cualquier ínfima mejora que propusiéramos…

-Debes mirar lejos hijo. A veces, para dar dos pasos hacia delante, es necesario dar antes, uno hacia atrás. ¿Me entiendes? Cuando el voto universal sea real y tengamos la verdadera mayoría, la del pueblo, entonces podremos ajustar las cuentas. Créeme.

Por unos instantes se hizo el silencio, Nuspano fijaba la mirada en el vacío, mientras jugaba nerviosamente con una pluma, moviéndola entre sus dedos.

-Creo que tiene razón. Sus palabras son sabias. No podemos desaprovechar esta ocasión, debemos saber utilizar este poder que ha caído en nuestras manos.

-Santas palabras hijito. ¿La votación será mañana no?

-Sí.

-Tenemos tiempo entonces. Debemos atar todos los cabos. Déjalo en mis manos.

El secretario golpeó suavemente la puerta y anunció al coronel Rodsó Toespan.

Acto seguido, el venerable anciano se levantó y casi en un susurro dijo:

-Lo ves, envían a uno de sus peces gordos a hablar con nosotros. Ya sabes cual será nuestra postura.

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