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viernes, 11 de junio de 2010

La República de las Tres Islas, CAP. VI

La República de las Tres Islas, Capitulo VI

Indice:







Acababa de prender una vela, cuando sintió pasos un tanto torpes pero apresurados en el antedespacho. Terminó de sorprenderse cuando vio precipitarse por su puerta, visiblemente agitado, a Gadaré Untié.

Su cara estaba roja, respiraba con dificultad y sus ojos expresaban un extrañísimo fulgor, como si estuvieran presos, de alguna forma, por el éxtasis y el frenesí. Percibió al mismo tiempo también, gritos en la lejanía, correrías por los pasillos, era como si de improviso, la actividad del congreso, que se adormecía, hubiera despertado de golpe. Algo sucedía. Algo grave.

-¡Nuspano! Nuspano!- Gritó el anciano. Mientras se acomodaba en una silla. –No sabes lo que ha pasado –prosiguió, apoyándose una mano en el corazón, intentando recobrar la calma. El joven en tanto, lo observaba atónito, esperando una respuesta.

-Mataron a Ránmoncoo, ese gusano traidor que cambió su voto a última hora… ¿te das cuenta?

Nuspano se derrumbo sobre su propia poltrona, cubriéndose la cara con la palma de sus manos.

-No puede ser… el baño de sangre… pero tan pronto… ya comenzó- balbuceó con un hilo de voz, reviviendo en su mente las imágenes de su reciente pesadilla.

Gadaré, que en realidad no le prestaba demasiada atención, prosiguió con su discurso preso del entusiasmo.

-¿Pero no te das cuenta? Ahora los bandos están una vez más empatados. Podemos reemprender las negociaciones, es más, según los rumores más atendibles el duque de Pegnopis firmará esta misma noche un decreto para aplazar la elección en tres días. Con ese margen de tiempo, podremos conseguir más votos y asegurar nuestra entrada en la guerra, y si no los conseguimos por las buenas, entonces los compraremos, tenemos también el tiempo ahora para conseguir más fondos. Mañana mismo, a primera hora, te traeré un listado de personas con las cuales debes por fuerza entrevistarte. No, no, es mejor reunirnos nosotros primero y analizarlos en detalle, todos tienen intereses distintos, será necesario ofrecerles distintas garantías, pero créeme hijito, puede hacerse.

Nuspano no pudo no sentir una cierta incomodidad ante el apelativo de hijito, con el que una vez más lo llamaba el líder del partido. Algo no cuadraba para él.

-Pero… no lo sé… ¿no es usted tal vez el que no se da cuenta? Acaban de matar a alguien, alguien a quien los dos conocemos y parece no importarle…

-Sí, sí, claro que me importa, pero no es lo relevante ahora…

-¿Y que es lo relevante entonces? Estamos hablando de una vida que acaba de perderse…

-Que podemos seguir negociando, eso es lo importante. No es el momento de mirar a los detalles… sí, es una vida, pero una de tantas, muchas más se perderán, la historia es así, se escribe con sangre…

-No estoy de acuerdo-

-Está bien, está bien hijito, te noto demasiado turbado y cansado. Es mejor que hablemos mañana en la mañana.

Desde su sillón, alumbrado por la tenue luz de la vela, observó como se perdía tras la puerta.

Algo extraño le sucedía. Sintió del todo ajenas las palabras del anciano. Era como si la última pieza de un rompecabezas se hubiera roto en mil pedazos y el rompecabezas no sirviera ya siquiera de adorno. O haciendo más bien que el único sentido posible al que pudiera aspirar fuera uno capaz de asumir esa mutilación, esa falta de lo esencial. La ausencia de esa parte que transforma el resto de las partes en una sola totalidad.

El baño de sangre comenzaba y a nadie parecía importarle. Era como si la ética hubiera quedado suspendida. O supeditada a la política. Al poder. Ni siquiera el anciano Gadaré, a quien había admirado durante toda su vida, podía percibir esa línea que se estaba cruzando.

El mundo estaba deslizándose lentamente hacía un abismo donde reinaría la violencia, y al parecer todos se empeñaban en darle pequeños e imperceptibles empujones. Cada desprendimiento, cada resquebrajamiento de eso que Nuspano entendía como ética o como moral, cada soborno, cada mentira, cada desprecio por la vida, aceleraba ese deslizamiento inexorable.

Y el poder volvía a sus manos. Ese extraño poder de decisión… ese poder que había sido casi perceptible y que se había desvanecido en la nada sólo unos momentos atrás. ¿Pero existía realmente tal poder? Si es que existía se diluía, se escurría entre sus dedos, se esfumaba entre la retórica, las presiones y sobretodo en el verdadero resultado que su decisión acarrearía. Apoyar a los republicanos, era abrir conscientemente las puertas a una jauría de lobos hambrientos y ávidos de riquezas, que prometían, sin demasiadas garantías, la realización de la lucha de décadas de su partido… un paso atrás para dar dos hacia delante, había dicho el viejo, un cálculo, un frío cálculo, ¿pero ese paso atrás valdría la pena? ¿No serían tal vez cien pasos hacía atrás? Apoyar a los conservadores en tanto, no era evitar la carnicería, era sólo aplazarla, era por otra parte, doblegar sus ideales, entrar en el mundo de la riqueza y la ostentación… Parecía entender la opción de Untié. Al fin y al cabo, los republicanos les daban la opción de seguir creyendo que actuaban en consecuencia con sus principios, todo podía justificarse, diciendo que era en pos de la utopía. Y entonces: ¿un poder para decidir qué? Si a final de cuentas era todo como un callejón sin salida. Si es que había un poder, se desgarraba entre todas las posiciones adoptables y todos los resultados posibles, como la neblina barrida por el viento.

martes, 9 de febrero de 2010

Capítulo IV: La República de las Tres Islas.

IV

Por un instante, luego que el coronel saliera, su despacho le pareció inmenso. Caminar de su escritorio a la puerta, de la puerta a la ventana, era como atravesar el mundo de un extremo a otro. Cada paso parecía parte de un ritual solemne, cada respiración parecía encerrar el peso del universo, era como si el secreto de la existencia flotara como anillos de humo a su alrededor, era como estar apunto de aferrar algo inconmensurable, trascendental y efímero, brutalmente efímero.

Observaba el cielo de la habitación cómodamente derrumbado en su poltrona, sin poder reprimir una ligera sonrisa que afloraba en su rostro. De improviso, su puerta volvió a abrirse y por ella se asomó la cabeza de su secretario.

-Señor, su excelencia el duque de Pegnopis, solicita una entrevista con usted.

Nuspano cayó abruptamente de sus ensoñaciones. El duque era no sólo una de las figuras más importantes del Partido Conservador, sino que un noble de altísimo nivel, pariente cercano del rey y en otros tiempos había sido elegido incluso como presidente del senado. Jamás habría esperado recibir a tan importante figura en su despacho y la verdad no sabía muy bien como tratarlo.

Antes de que diera una respuesta, un anciano envuelto en finos trajes adornados con hermosas joyas, entró en la habitación. Caminó hacia la silla frente al escritorio de Nuspano, apoyado en su bastón y con un andar y un semblante que mostraban un total desprecio frente a todo lo que le rodeaba.

-Dígame… su excelencia, en que lo puedo ayudar- atinó finalmente a decir.

-No quiero entretenerme demasiado en este lugar, por lo que seré preciso y conciso –afirmó mientras tomaba asiento-. Usted y yo tenemos un objetivo común. No queremos entrar en esta guerra. Luego de que muera la primera víctima, ya nadie sabrá que es lo que pueda suceder. Así que hábleme con claridad y dígame en que modo podemos ponernos de acuerdo.

Nuspano no pudo evitar una expresión de goce luego de explicarle que no tenía ninguna intención de llegar a algún tipo de acuerdo con él. El viejo a su vez, no pudo contener la rabia que le causaba el desdeñoso tratamiento que se le estaba concediendo.

-¡Como osa! ¡Como osa tratarme de este modo! Reconozco que somos enemigos políticos, pero esto no le da derecho a desdeñar mi alta condición nobiliaria. ¿Acaso no entiende el altísimo honor que se le ha concedido al ser yo, el duque de Pegnopis, uno de los nobles más importantes de Eojt, el enviado a negociar con usted? Y usted desdeña, desprecia sin más esta oportunidad. Sin duda, usted no entiende las infinitas posibilidades que se abren a su carrera al tener la posibilidad de poder tratar con una eminencia de mi nivel. Privilegios, un mundo de privilegios ¿entiende lo que es eso?

-Me temo, señor duque, que hablamos distintos lenguajes. Porque si no estoy dispuesto a entrar en tratativas con usted, es precisamente por eso, porque lo que buscamos es que en este país desaparezcan para siempre esos privilegios de los que usted me habla.

De improviso, Nuspano se encontró con la fría mirada del duque, que lo escudriñaba sin pudor ni piedad. Por un instante se sintió invadido en sus pensamientos más íntimos, y los ojos fríos y llenos de determinación del anciano no dejaron de inspirarle un cierto temor. Pero repentinamente, el viejo se echó a reír. A carcajadas. Echando su cabeza hacia atrás e incluso sujetándose la barriga con las manos. Luego, un poco más calmado y secándose las lágrimas de risa con el dorso de la mano, habló, aún sin haber controlado del todo su ataque de hilaridad.

-Oh, que divertido… discúlpeme, pero es que hacia tanto tiempo que no conocía una persona tan abiertamente idiota como usted. ¡Ay la juventud! Ja, ja. Me parece que lo sobrestime, porque sin duda con su retórica melosa y obvia el coronel Toespan logró convencerlo de votar a favor de la guerra. Ay… que obvio que es todo. Y yo que pensaba que estaba frente a un nuevo talento político y me encuentro con otro tonto idealista más. En fin, todo esto significa que su abstención no fue un cálculo y que el coronel sin duda, le ofreció el apoyo de su partido para esa aberración del voto universal. Oh, que divertido… me imaginé que lo harían, pero nunca pensé que alguien podría creer en palabras tan estruendosamente falsas. Ese coronel, siempre he creído que erró de profesión, porque su verdadero talento es sin duda el teatro. ¿Me equivoco joven, o le hizo creer que estaba dispuesto a apoyarlo porque pensaba como usted? No me diga nada, el estupor de su mirada me lo dice todo. Escúcheme bien, porque yo no suelo repetir las cosas. Yo no soy como ese coronel, por el contrario, como ve, yo voy de frente y digo las cosas como me parecen, y el modo en que me parecen que son las cosas, suele ser el modo en que son en realidad. Yo no le hablaré con palabras melosas ni lo lisonjearé. Es más, lo hago conscientemente conocedor del desprecio que los tipejos como usted me provocan. Porque en política, tipos como usted son peligrosos. Este no es un espacio de sueños ni de ideales. Gobernar un país requiere perseverancia, determinación y sangre fría. Y ustedes carecen de todo eso, porque están dispuestos a todo con tal de no sacrificar sus altos ideales. Pero las utopías son precisamente eso, utopías, lugares tan inalcanzables como inexistentes. Sentido práctico joven, eso es lo que se requiere para hacer bien este trabajo. En fin, seré directo. No le crea a ese bribón de Toespan, nada de lo que dice es verdad. Jamás conseguirá un real apoyo para esa estupidez que planean, tampoco le interesa hacerlo, sólo le hará creer que lo está haciendo. Simplemente no cumplirá con su promesa. Esos cerdos republicanos son así. Son una manada de hijos de putas que no conocen ni la decencia ni la honestidad. Que han ultrajado una y otra vez todos los códigos de honor que alguna vez le dieron dignidad a esto que ahora no es mucho más que un burdel, o un circo, en el mejor de los casos. Pero yo no, yo creo que es necesaria la confianza y la transparencia. Por eso seré directo. Si nos apoya usted ganará no sólo riquezas, sino que poder e influencia. Le ofrezco aproximarse a la verdadera élite de este país. Le ofrezco dejar de lado su vida miserable y abrir las puertas de la verdadera sociedad, esa que cuenta, claro está.

Las carcajadas y el discurso del duque, no sólo desmoronaron el castillo de ideas y sueños que Nuspano acababa de construirse, sino que hundieron el dedo en su yaga más profunda, llegando hasta el fondo de su angustia: la inutilidad. Desde que había comenzado su mandato, solía sentirse atado de pies y manos, incapacitado para lograr alguno de los cambios con los que había fantaseado antes de instalarse en la oficina que ahora ocupaba. Y la causa de esa ineficiencia, solía pasar de atribuírsela al desfavorable contexto político en que se encontraba, a su propia ausencia de capacidad. Sus momentos más tristes se manifestaban cuando más que atado, se sentía inútil y culpable por no lograr algún resultado concreto.

No sabía si el duque tenía razón o no, no podía estar seguro de si los republicanos lo traicionarían o no, al fin y al cabo el hecho de que el anciano Gadaré apoyara las negociaciones con ellos era una gran garantía. Tal vez él pudiera ser engañado por un discurso lisonjero, pero el anciano jamás. No sabía si valía la pena o no entrar a una guerra si el objetivo por el cual la buscaban era del todo inalcanzable, no sabía si confiar o no en los cálculos políticos de Gadaré Untié, de lo único que estaba seguro, era que la propuesta del duque lo asqueaba, que lo que menos le interesaba en el mundo era entrar en ese añejo y decadente mundo de privilegios, de banquetes, sonrisas hipócritas y suaves golpeteos de complacencia en la espalda. En el mar de ambigüedad en el que se sentía ahogar, podía solamente aferrarse a esa convicción para no hundirse.

-No, ya se lo dije –su voz era algo más fuerte que un murmullo- sus privilegios y riquezas no me interesan…

-¡Oh Dios mío! Pero que paciencia hay que tener con ustedes. En el fondo deseas evitar esta guerra tanto como yo. Los dos sabemos que una vez derramada la primera gota de sangre nadie puede saber a ciencia cierta lo que vendrá después. Mejor dejemos que los otros se hagan pedazos entre ellos mientras nosotros nos fortalecemos… ya podremos cosechar luego los frutos de la paciencia, ahora esforcémonos por mantener la paz al interior, ya podremos mirar hacia afuera una vez hallan dejado de despedazarse entre sí y entonces si que valdrá la pena, te lo aseguro, pero por ahora seamos aliados en mantener la paz, nos traerá suculentos dividendos a ambos.

Nuspano observó no sin cierta repulsión como el anciano se frotaba las manos al terminar su discurso. En su mente se formó la imagen del viejo hurgando entre un campo de cadáveres, encorvado, con el rostro deformado por la avidez, con las manos como garras, garras hábiles que intruseaban entre los cuerpos inertes. Reprimió una mueca de repugnancia. A final de cuentas, si alguna certeza podía quedarle, era el desprecio y el asco que el viejo y su mundo le provocaban.

Sí, aún tenía algo a que aferrarse.

-¿Cómo cuervos?- respondió al fin- ¿Quiere reducir el país a una especie de gigantesca ave carroñera? ¿Eso es la dignidad de la nación para usted? No, no me interesa. Ni usted, ni sus riquezas, ni nada. Es cierto, podemos hablar de la paz, pero bajo otros términos. Usted no desconoce ni mis ideales ni los objetivos de mi partido. Solo sobre eso podremos llegar a un acuerdo.

El duque de Pegnopis lo observó con ojos atentos y algo sorprendidos. Sentía que la presa estaba a punto de escapársele. Las cosas siempre se complicaban un poco cuando no lograba derrumbar moralmente a sus contendores. Le sorprendía que luego de su último discurso Nuspano hubiese logrado encontrar algo a que asirse para seguir negociando. Se mostró más fuerte de lo que pensaba. Sin duda no podría ya conseguir la victoria absoluta que buscaba, llegados a este punto, en algo tendría que ceder.

-Muy bien joven. Me sorprende su retórica. Se ve que no podemos conseguir su voto sin alguna concesión. Pero recuerde que la elección es mañana, no tengo demasiado tiempo para lograr acuerdos, pero puedo ofrecerle, a pesar de esto, y con bastante seguridad, una reducción parcial de impuesto para los campesinos de Dodara…

Las palabras del anciano se vieron interrumpidas por una breve discusión en la antesala del despacho. Al parecer, el secretario intentaba infructuosamente impedir la entrada de alguien en la oficina. Finalmente la puerta se abrió de golpe y un joven entró agitado en la habitación.

-Señor Duque- dijo con una reverencia. Traigo un mensaje urgente.

El joven se le acercó, luego de que el duque le hiciera un leve gesto, y una vez a su lado acercó los labios a su oído. Nuspano pudo observar como el semblante del anciano pasaba de la preocupación, con el ceño fruncido y los labios apretados, a una expresión más relajada y jovial. Al terminar el mensaje, el duque hizo un gesto con la mano y el mensajero se retiro rápidamente. Luego se levantó y habló sin mirar a Nuspano, recobrando totalmente el aire de desprecio con el cual había ingresado momentos atrás.

-Me comunican que hemos conseguido inesperadamente un nuevo voto. Con esto, mi presencia en este lugar se vuelve del todo innecesaria.

Y dándole la espalda a su ex interlocutor, abandonó con prontitud la habitación, dejándola sumida en el silencio y la desolación.

martes, 5 de enero de 2010

Capítulo III: La República de las Tres Islas.

III

Gadaré y Rodsó se cruzaron en el umbral de la puerta. Los ojos del segundo buscaron el rostro del primero, quien levantó de improviso la mirada. Se examinaron mutuamente durante un segundo y luego, el rostro de Gadaré se movió ligeramente hacia abajo, como realizando una sutil afirmación. El republicano se hizo a un lado y lo dejó pasar. Vestía un impecable uniforme militar y una elegante capa azul que llegaba casi al suelo. Se acomodó con rapidez frente a Nuspano de Daroschen. Cruzó una de sus piernas sobre la rodilla de la otra y las puntas de sus dedos se encontraron sobre su regazo.

Nuspano quiso disfrutar de su pequeño momento. Durante años había debido soportar miradas de desdén y una silenciosa indiferencia de tipos como él.



-Y bien mi estimado coronel, ¿qué se siente tener que rebajarse a pedir el socorro de alguien a quien desprecia?


El coronel se mantuvo impasible.


-El destino a veces es irónico ¿no? Durante años se nos han opuesto como enemigos, han despreciado y ridiculizado nuestras ideas y ahora lo tengo aquí, obligado a negociar conmigo.


-Creo, mi estimado señor de Daroschen- comenzó a hablar el coronel con diplomacia-que se equivoca conmigo. Nunca, y póngame atención, ¡nunca! he yo menospreciado ni sus ideas ni las de nadie más. La política es así simplemente. A veces, pone en trincheras opuestas a personas como nosotros, que quizás bajo otras condiciones podrían haber mantenido relaciones de muy diverso tipo y porque no decirlo, tal vez estrechar profundos e íntimos lazos de amistad. Porque le digo mi amigo, y déjeme que le llame así, amigo, que usted y yo nos parecemos mucho más de lo que cree.


-Yo no lo creo ¿En que podríamos parecernos usted y yo?


-¿Pero no somos acaso los dos hombres políticos? ¿No estamos los dos aquí acaso, porque creemos que a través de nuestro trabajo podemos hacer del mundo un lugar mejor? Sí, somos los dos soñadores e idealistas y esto, déjeme que se lo diga, nos hace más que amigos, nos hace hermanos.


Por unos instantes, Nuspano pensó que había juzgado mal al coronel, pero desalojó rápidamente aquella idea de entre sus pensamientos.


-Déjeme que le diga, mi amigo –respondió entonces, no sin cierta sorna en su voz- que el único sueño suyo y de los de su clase es el oro. El oro y nada más que el oro. Bueno, tal vez también la plata… y porque no decirlo, los diamantes y la seda.


El coronel sacudió pesadamente la cabeza.


-Que mal que me comprende usted mi estimado señor. Usted habla de los metales y las joyas como si fuera eso el único objetivo de mi vida, y déjeme decirle que se equivoca. Nuestro objetivo no ha sido nunca otro que el de ver resurgir a nuestra amada República de las Tres Islas, devolverle toda su gloria y todo su poder. Las riquezas materiales querido amigo mío, son sólo un medio para nuestro fin, y nuestro fin no es otro que devolver la prosperidad a todo los súbditos, incluidos nuestros vasallos.


Nuspano intentó hablar, las palabras se le atragantaban y no podía ni quería contenerlas, pero Toespan le hizo un gesto con la mano, como pidiéndole tiempo para continuar.


-Se equivocan por cierto, todos los que dicen que no pensamos en el pueblo llano, se equivocan rotundamente, pues ellos han estado siempre en el centro de nuestros pensamientos. Por eso le decía que usted y yo nos parecemos mucho más de lo que podría imaginar. Hasta ahora la política nos había dividido a nosotros, a todos quienes creemos que los vasallos, los campesinos y mineros, los pescadores y los pastores, merecen mucho más de lo que tienen. Cuantas veces no he deseado abrazarlo al escucharlo hablar en algún debate. Déjeme que le diga, que cada vez que se dirigía a este senado de momias, con sus palabras llenas de pasión e ideales, yo lo he admirado, y he lamentado profundamente estas frías y anticuadas leyes no escritas de la política que me impedían acercármele y darle ese abrazo fraterno de apoyo que tanto necesita –el coronel parecía estar llegando al climax de su discurso. Nuspano lo observaba sorprendido, jamás hubiera imaginado que un hombre como él albergara tales pensamientos- porque yo, al igual que usted, creo que en esta nación que amo hay una injusticia fundamental, una deuda con nuestro pueblo que no hemos saldado, y es esta la oportunidad de hacerlo. Y créame, que no soy el único al interior de mi partido que desea dirigirle a usted palabras de este mismo tipo. Qué dice entonces mi amigo ¿Cree que podemos lograr algún acuerdo?


Le costó unos instantes a Nuspano salir del profundo asombre que el discurso del coronel le había producido. Al inicio no pudo tomarlo en serio, pero en esta última parte, al verlo agitar los brazos y levantar las manos al cielo –como poniéndolo de testigos de sus palabras- y observar sus ojos llenos de pasión, no pudo no creerle y estaba casi del todo convencido que alguien que mentía concientemente no era capaz de hablar de tal modo y que por ende el coronel, al igual que él, era un incomprendido, un hombre aislado que por lealtad a su casta y su partido había debido callar hasta ese momento sus verdaderas convicciones.


-No sé bien que decirle… nunca me hubiera esperado este discurso de parte suya- logró balbucear al fin.


-No se preocupe. Basta que se comprometa a trabajar conmigo. Es necesario poner orden en mi partido también. Hay quienes se oponen categóricamente a todo acuerdo con ustedes y que prefieren votar por la paz, hay también otros que esperan conseguir la mayoría por otros medios. Déme hasta mañana al mediodía y lograré atraerlos hacia nuestro bando.


Recobrando un poco la compostura, Daroschen tomó aliento para hacer la pregunta que de verdad le interesaba.


-Todas sus palabras han sido bellas, coronel, pero dígame, ¿Qué tan lejos quiere llegar usted?


-¿A que se refiere?


-Me refiero al verdadero objetivo. Nosotros tampoco nos conformaremos con poco. Su discurso ha sido elocuente y me ha convencido de su sinceridad, pero dígame ¿pretende usted apoyarnos en nuestra meta de conseguir el voto universal?


-¡Oh!… esas son sin duda palabras mayores, pero es una meta que vale la pena intentar alcanzar. Yo, mi querido amigo, lo apoyo, de todo corazón, pero le advierto que nos enfrentamos a muchos intereses mezquinos, que no vacilarán en exigir algo a su vez, ya que nuestro meta es altísima y su costo será equivalente. Habrá que negociar. Pero en la medida en que usted se comprometa a darnos su voto, a apoyar esta guerra que nos devolverá toda nuestra antigua gloria, le aseguro que todo es posible. Dígame, sin tapujos ¿puedo contar con su voto?


-Por cierto que sí, pero sólo en la medida en que ustedes apoyen el voto universal.


-Bien dicho, me gustan los hombres decididos, con objetivos claros como usted. Deje lo otro en mis manos.



lunes, 14 de diciembre de 2009

Capítulo II: La República de las Tres Islas.

II

Tal era la situación –al menos a grandes rasgos- cuando Nuspano de Daroschen, senador de la provincia de Gaobudouné, entró por las gruesas puertas de madera de su despacho. Atravesó con grandes zancadas los metros que lo separaban del gran ventanal que se hallaba tras su escritorio y haciendo a un lado la cortina, observó como las hojas secas caían suavemente desde las copas de los árboles. Llevó su mano derecha hacia el mentón, dejando que la punta de sus dedos se hundiera en el corazón de su barba. Cerró unos instantes los ojos e intentó reflexionar sobre el aluvión de acontecimientos que a partir de ese momento se desencadenarían sobre él. Pensó en la votación que acaba de concluir e intentó –por supuesto- mesurar en que medida el futuro de la nación estaba en sus manos. Apretó su mentón con fuerza y fue un poco más allá, pensó en que medida el futuro del mundo era el que reposaba ahora en sus manos. Se dejó caer en su cómoda poltrona. La paz era, en ese momento, como un malabarista apunto de caer por la cuerda floja, con un vasto público, expectante y atento al momento en el cual se precipitaría hacia el vacío. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de subir también al palco, de ser parte de los acontecimientos, el destino no estaba ya librado a su propia fuerza. Sentía, en el fondo, que por fin en sus manos tenía poder real y que podía de alguna manera moldear el devenir de los acontecimientos.

El hecho era que para aprobar la entrada en la guerra, se necesitaba una mayoría absoluta. Sin embargo, todos sabían que tal resultado era imposible, por lo que previo a la votación se tomó el acuerdo –de caballeros por cierto- que de no lograrse tal resultado, la votación tendría un vencedor aunque la diferencia fuera de un solo voto, para impedir así que las votaciones se sucedieran hasta el infinito. Se decidió así mismo, que la votación fuera a mano alzada, visible a todos. El hecho era que él, junto a otros dos senadores, habían anulado su voto, dejando la situación empantanada en un incomodísimo empate.

Apretó con fuerza el puño. Poder. Desde ese momento, todos estarían obligados a negociar con él, y él podría imponer condiciones. Podía decidir a su antojo. Por un instante dejó que su mirada divagara extasiada por los rincones de su despacho, luego la dirigió hacia el exterior. Más allá de los centenarios árboles del patio con sus hojas amarillentas de otoño, más allá de los muros del palacio senatorial, más allá de los techos y sus palomas, de los muros mismos de la ciudad, estaban los montes, al otro lado de los montes estaban las regiones costeras, el mar y el continente. El mundo. Su pensamiento se extendió hacia esas lejanas regiones. Imaginó escenas cotidianas. Una madre amantando un hijo. Un pastor guardando a sus ovejas en el corral. Un comerciante ofreciendo su mercadería. Todo eso podía cambiar de un momento a otro. Acabar para siempre, quedar anegado bajo la ola de la guerra, o mantenerse tal cual, inmutable en el tiempo. El futuro del mundo se decidiría en la próxima votación.

Pensó en su siempre postergada y olvidada provincia. No era más que una región recóndita en la isla de Dodara, a su vez la menos importante, a pesar de la historia, de las tres islas. No era rica, en lo absoluto. El hierro con el cual se habían forjado las armas con las que se peleó en la guerra de liberación se había prácticamente agotado. Y los mineros se transformaron en pescadores. La tierra no era especialmente fértil y la geografía abrupta no era por cierto una ayuda ni para la agricultura ni para el pastoreo. Y si por alguna casualidad un año traía consigo la suerte de una buena cosecha, el grano excedente solía perderse bajo la forma de impuestos. Y aunque en principio los Daroschen se habían opuesta a la república, ya que la sentían como una amenaza a su condición de familia noble, con el tiempo ellos mismos se empobrecieron, y con el divagar de los años se sintieron cada vez más distantes del mundo de la nobleza, y extrañamente, comenzaron a sentirse más cercanos a sus vasallos, aún más pobres que ellos. Fue así que los Daroschen se transformaron en los primeros en promover reformas a favor del pueblo llano tales como bajas de impuestos y la entrega de recursos o de tierras. Con el tiempo, nobles empobrecidos de otras provincias comenzaron a simpatizar con tales ideas, hasta llegar a formar un pequeño partido político, o más bien un movimiento ideológico, conocido como el "Grupo de los Iguales", que muy pocas veces había logrado llegar al parlamento. Nuspano era de hecho el único representante en ese momento. Sin embargo, era tomado en cuenta tan poco como su provincia.

Apoyó sus codos sobre el escritorio y juntó la punta de los dedos frente a su rostro, reflexionando. Era un tanto extraño que aún nadie hubiera pedido audiencia con él. Probablemente están negociando con los otros primero, pensó. Si algún bando conseguía ambos votos el asunto estaba acabado, y tal vez ya había sucedido. Se levantó para volver a mirar por la ventana. El patio rebosaba ahora de actividad. Pequeños grupos de conversación repartidos acá y allá. Senadores o funcionarios que atravesaban con apresurados y nerviosos pasos de un lugar a otro. Quizás los ganadores comentaban con regocijo como habían logrado seducir esos dos votos esquivos. Cerró los ojos y golpeó el muro con un puño. Sintió como su fervor se transformaba rápidamente en frustración, volvía a sentirse ahogado en ese mar de impotencia que lo anegaba desde que se había transformado en senador. Luego abrió los ojos y alzó la mirada hacia un gran cuadro que ocupaba casi totalmente una de las paredes laterales de la habitación. Era una escena típica de su tierra, los pescadores volviendo de la mar, arrastrando los botes por la arena, y las mujeres más al interior, sentadas alrededor de una gran fogata, preparando café en ollas ennegrecidas y manteniendo el pan caliente envuelto en trapos, escondidos entre las cenizas. Las nubes oscuras presagiaban tormenta, y los mantos de lana de las mujeres eran sacudidos por el viento. Pensó en los largos años en que esa escena llevaba repitiéndose. Pensó en la dureza de la vida y en lo cerca que estaba de poder hacerla un poco mejor. Miró por la ventana nuevamente, el patio parecía un hormiguero en plena ebullición y se dejó invadir un instante más por la esperanza. Tanto nerviosismo sólo podía significar que aún no se lograban acuerdos.

¿Qué era lo que debía hacer? Había anulado, no por un frío cálculo político, sino más bien como un modo de afirmar su independencia. Era una forma de decir que sus problemas no eran los suyos, pero sobretodo porque creía que la votación había sido decidida con anticipación. Pasara lo que pasara, -afirmó cuando fue su turno de hablar- su provincia y sus vasallos seguirían olvidados en su rincón, el más pobre, el más lejano, el peor. Sin embargo, si es que era él ahora, quien tenía el poder para decidir, –se dijo a sí mismo con vehemencia- entonces no habría guerra. No arrojaría una catástrofe más sobre su gente.

Estaba volviendo a sentarse cuando el secretario golpeó su puerta. -Señor Daroschen –dijo- El señor Gadaré Untié desea entrevistarse con usted.

Un hombre ya adentrado en la ancianidad ingresó en el despacho. Sus ropas eran el vestigio de una antigua elegancia, largos cabellos grises crecidos en desorden llegaban casi a la altura de sus hombros y una tan frondosa como hirsuta barba adornaba su rostro. Avanzó con paso decido hasta quedar frente al senador y luego, mirándole fijamente, habló con autoridad: -Falta sólo tu voto. Los otros dos ya se han pronunciado y el empate se mantiene. ¿Qué piensas hacer Nuspano?

Gadaré Untié era el líder del Grupo de los Iguales. Al igual que los Daroschen, su provincia de origen era una zona empobrecida. Los fértiles valles que alguna vez la poblaron habían quedado arruinados tras la guerra, ya que cuando el general del reino de Sorisftet se vio obligado a escapar hacia el continente, ordenó quemar todos los campos cultivables y luego cubrirlos de sal, condenando desde ese momento a toda la región a una mera economía de subsistencia. El credo de los Untié se volvió igualitario con la misma velocidad con la que su antiguo esplendor se hundía en la pobreza. Sin embargo, fue sólo en el momento en que Gadaré consiguió entrar al senado, 40 años antes, que terminó de perderlo todo.

Durante su período intentó promover la idea de un voto universal. Un hombre, un voto. Tal era su propuesta: darle derecho a voto al pueblo llano, y con ello la posibilidad también de ser candidatos. Sorpresivamente, su retórica, incendiaria y elocuente, comenzó a traerle partidarios, lo que signó su caída. Fue así que cuando el presidente del senado sufrió un intento de asesinato, Gadaré fue procesado y condenado como culpable, perdiendo no sólo sus escasas tierras, sino que también su título nobiliario. Su caída fue estrepitosa, pero le valió transformarse en el líder político y moral de los Iguales. Su autoridad iba más allá de un cargo o función, era el alma del movimiento, y también su cerebro.

Sobreponiéndose al nerviosismo que la inquisidora mirada del anciano producía siempre en su ánimo, Nuspano afirmó que pensaba entrar en conversaciones con los Conservadores, ya que se oponían también ellos a la entrada en la guerra, se interrumpió rápidamente, al notar como Gadaré sacudía su cabeza.

-Te equivocas. En esta oportunidad deberemos apoyar la guerra- dijo de improviso, con voz decidida y mirándolo con ojos de acero.

-P-p-pero… se supone que nosotros somos pacifistas- intentó responder el otro.

-Y lo somos. Pero a veces para conseguir la verdadera paz, hay que buscar la guerra.

-No entiendo, la guerra sólo serviría para continuar empobreciendo a nuestra gente-

-Escúchame bien hijito –le respondió Gadaré, utilizando la fórmula cariñosa con la cual trataba a sus cercanos- nuestro objetivo final es conseguir una república de pares, donde todos los hombres valgamos lo mismo, donde todos puedan entrar aquí, donde tú mismo estás sentado y poder decidir así sobre lo que es mejor para ellos y sus familias. Una república donde también los humildes que trabajan en los campos, en las minas, en el mar, puedan vivir mejor. Dime ¿es esto así?

-Sí señor, así es… y nadie expresa mejor nuestro sueño que usted.

-Bueno, entonces dime, ¿por qué quieres negociar con los conservadores? ¿Qué quieres pedirle a cambio de tu voto?

-Bueno… pensaba en que podíamos lograr una importante reducción de impuestos o también…- Nuspano no pudo terminar. El anciano golpeó fuertemente la mesa con su puño y apuntándole con el dedo le habló con vehemencia:

-¡Ese es tu problema! No observas desde lo alto, tu mirada llega demasiado cerca. En política debes saber apuntar hacia el futuro, ver la complejidad, la totalidad del problema. No es este el momento de logros mezquinos. El futuro del mundo está en juego y nadie piensa en pequeño. Debemos exigir el voto universal. Después de cuarenta años ha llegado por fin el momento. Si es que no aprovechamos esta oportunidad entonces puedes decirle adiós a tu sueño. Verás pasar tu vida, sin nunca acercarte ni un centímetro a él. Y cree lo que te digo, esa no es una vida agradable.

-P-p-pero cómo… no entiendo cómo podríamos lograrlo.-

-Escúchame bien. Debes negociar con los republicanos. Ellos están dispuestos a todo con tal de ir a la guerra. No importa contra quien, ellos quieren ir. Desean por un lado apoderarse de nuevos puertos para sus familias y comenzar a resurgir como nación de comerciantes y por otro, tienen puestos los ojos en las minas de diamantes de los Cohorspilanos, porque por si no lo sabes, han encontrado un nuevo yacimiento. Así, dominando los puertos del norte de la zona occidental, tendrán el monopolio de los diamantes, y con tal de conseguirlo están dispuestos a todo. Debemos apoyar la guerra apoyando al Partido Republicano, sólo así lograremos nuestro sueño.

-Pero si han sido siempre nuestros enemigos… nunca han dudado en derramar la sangre de los nuestros, siempre se han opuesto a cualquier ínfima mejora que propusiéramos…

-Debes mirar lejos hijo. A veces, para dar dos pasos hacia delante, es necesario dar antes, uno hacia atrás. ¿Me entiendes? Cuando el voto universal sea real y tengamos la verdadera mayoría, la del pueblo, entonces podremos ajustar las cuentas. Créeme.

Por unos instantes se hizo el silencio, Nuspano fijaba la mirada en el vacío, mientras jugaba nerviosamente con una pluma, moviéndola entre sus dedos.

-Creo que tiene razón. Sus palabras son sabias. No podemos desaprovechar esta ocasión, debemos saber utilizar este poder que ha caído en nuestras manos.

-Santas palabras hijito. ¿La votación será mañana no?

-Sí.

-Tenemos tiempo entonces. Debemos atar todos los cabos. Déjalo en mis manos.

El secretario golpeó suavemente la puerta y anunció al coronel Rodsó Toespan.

Acto seguido, el venerable anciano se levantó y casi en un susurro dijo:

-Lo ves, envían a uno de sus peces gordos a hablar con nosotros. Ya sabes cual será nuestra postura.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La República de las Tres Islas

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PRIMERA PARTE



I

Ahora que el mundo entero parecía moverse hacia una nueva guerra, cuentan que nadie, dentro de los confines de la República de las Tres Islas, quería que se les tomara por sorpresa como la última vez. Hacia ya cien años que su imperio comercial había sucumbido a la guerra y a su propia decadencia. A pesar de que en Balnica y Eojt –las dos islas principales de la nación- habían florecido más que en ningún otro rincón del continente las artes, las ciencias y la filosofía, hacia el llegar de la guerra la decadencia campeaba a sus anchas, penetrando incluso en los salones del emperador, donde la música y el estruendo de los banquetes y las orgías impedían oír los clamores de guerra que atravesaban el mundo. Fue así que un día Filaskes II se levantó envuelto en sus finas batas de seda y se encontró con los generales de la Alianza Oriental sentados a sus anchas en el salón principal. Estos le comunicaron que Balnica –sede del gobierno del imperio- había sido ocupada militarmente y que desde ahora, ellos pasaban a tener el control sobre todo el territorio. Cuentan que el emperador, entre gritos y lamentos, se encerró en su recámara para ya nunca más salir. La isla de Eojt en tanto, fue ocupada por Siron-Verl, el carismático general que había logrado unificar en una sola confederación al casi infinito –y en permanente cambio- mosaico de reinos, ciudades estados, ducados y principados, del sector occidental del continente.

Precisamente por eso, el grupo de jóvenes aristócratas que condujo la insurrección contra los invasores una vez que estos se cansaron de luchar y de destruir y saquear todo a su alrededor, adoptaron el ideal de un gobierno monárquico limitado por el poder de un parlamento elegido democráticamente por los nobles del reino, que tendría la capacidad de presentar y vetar leyes. El punto decisivo era, sin embargo, el de despojar al rey de toda facultad de decisión en cuanto a la guerra o la paz: sólo el parlamento podría determinar la entrada en guerra del país. Al mismo tiempo, tenía el poder de cesar las hostilidades y ordenar el retiro de tropas, todo esto sin el consentimiento del rey, quien en estos casos debía acatar la voluntad popular. De lo contrario, la desobediencia sería tratada como un crimen con la misma pena que el asesinato de un hijo, cuyo castigo no era sino la pena capital.

Como ya se dijo,cuentan que la guerra parecía golpear nuevamente las puertas de las Tres Islas, pero está vez nadie quería ser tomado por sorpresa, la lección había sido aprendida de memoria, y también con amargura, por cierto.

Se podría decir que la última guerra había prácticamente destruido el mundo tal cual había sido conocido hasta entonces. En occidente, tras la muerte en batalla de Siron-Vel, su Confederación explotó como una pompa de jabón antes incluso de que la guerra llegara a su fin. En oriente en tanto, la Alianza tampoco sobrevivió al conflicto, y también antes de que la paz fuera firmada, los ejércitos en la retaguardia comenzaron a luchar entre ellos.

El conflicto había comenzado por el dominio de la península de Corhspila, ubicada al suroeste de la gran bahía, donde en una cadena montañosa había sido encontrado oro en abundancia e incluso un yacimiento de diamantes. A lo largo de la guerra las zonas más ricas de la región habían cambiado una y otra vez de manos, pero hacia el décimo año de enfrentamiento, tras la muerte de Siron-Vel y el comienzo de las hostilidades entre los miembros de la Alianza, la zona se hallaba dividida prácticamente en dos, por lo que con un sentido práctico impresionante –celosamente oculto en los precedentes años de guerra- ambos bandos decidieron firmar la paz.

Fue ese el momento en que el grupo de los jóvenes aristócratas decidieron desencadenar su revuelta. En la ciudad de Yaplané, en la isla de Dodara, proclamaron a Nipcoa de Napartors como rey de la naciente República de las Tres Islas. A pesar de un fuerte apoyo popular inicial, no fue fácil expulsar a los invasores, quienes tras tantos y tan larguísimos años de conflicto habían convertido esas tierras en su hogar. Fue así que las principales ciudades de Balnica y Eojt no cedían a los insurrectos, quienes confiaban en un triunfo fulminante, antes de que ambos bandos pudieran recibir refuerzos, sin embargo la resistencia se prolongaba y la esperanza de una victoria relámpago se alejaba cada vez más. De hecho, es probable que hubieran sido derrotados de no ser por la explosión de una revuelta independentista de carácter republicano en la zona de la península de Corhspila que daba hacia la gran bahía, y que amenazaba con expandirse a la totalidad del territorio. El rey no tardó en acordar una alianza con los insurrectos del continente, ofreciéndoles armas de calidad y en abundancia, e incluso algunos centenares de hombres. Esto sumado a una política de intrigas entre la miríada de facciones de oriente y occidente que peleaban entre ellos en la zona, permitió un triunfo rápido de los aliados republicanos, que se impusieron sobre tropas desorientadas, desmoralizadas y ya exhaustas tras años de guerra.

Fue así que las riquezas de la zona quedaron a final de cuentas, en manos de la República Independiente de Corhspila, y que mientras las bandos de oriente y occidente permanecieron sumidos durante largos años en sangrientas guerras civiles, las dos repúblicas del centro del continente vivían en paz y amistad, situación que les permitió consolidar sus respectivas situaciones políticas e incluso comenzar a enriquecerse. Pero con el paso de los decenios la amistad comenzó a enfriarse, a la par que crecían las ambiciones de cada cual.

Y ahora todo parecía indicar que el mundo estaba una vez más a punto de caer por el barranco de una guerra generalizada.

La situación no carecía de complejidad. En primer lugar estaba el afán expansionista de la República de Corshpila, que enriquecida por sus minas y fortalecida por una no despreciable potencia militar, ambicionaba las llanuras y los fértiles valles que se abrían hacia el oeste, región habitada por pueblos nómades que no conocían un rey o líder desde los tiempos de Siron-Vel. Sin embargo, los reinos limítrofes de la Republica de Corhspila se veían más que dispuestos a atacarla mientras ésta intentaba expandirse hacia el oeste. Se sospechaba que contaban ya con el poderío suficiente como para tomar ellos mismos la iniciativa. En este cuadro, una alianza eterna unía –al menos en teoría- a las dos grandes repúblicas del continente de Barri, sin embargo, para muchos la alianza militar era válida sólo en caso de ser agredidos, y no para apoyar ambiciones de poder. El centro del problema para las Tres Islas era si comenzar un movimiento de tropas hacia Corhspila, apoyándolos en su afán expansionista y formar así parte activa del conflicto que se avecinaba, o mantener la neutralidad frente a todo. Por un lado, a algunos los empujaba la lealtad, a otros, el querer ser parte de los acontecimientos que determinarían el futuro curso de la historia. Otros en tanto, afirmaban que el conflicto no se extendería, que sería sólo pérdida de recursos inmiscuirse, otros en tanto, se oponían por considerar que el ejército nacional no estaba en condiciones de entrar en una guerra ofensiva, otros soñaban con restaurar por medio de la guerra la gloria del legendario imperio. Sin embargo, sólo los de mirada más obtusa eran incapaces de prever que la explosión de un conflicto en la península terminaría por arrastrar a todas –o casi todas- las naciones del continente, a un enfrentamiento sin precedentes.